Por: Juan Gabriel Vásquez

Muerte de un traductor

DE MUCHAS MUERTES SE SUELE decir que nadie se las esperaba, o que nos tomaron por sorpresa, o que fueron prematuras.

Esos lugares comunes son desesperados intentos por amortiguar la violenta transformación del mundo que ocurre tras una muerte, pero no siempre se ven justificados por las circunstancias. La muerte la semana pasada de Miguel Martínez-Lage, uno de los grandes traductores del mundo, sacudió a quienes lo conocieron de lejos (y eso incluye a quienes lo leían y admiraban sin haberlo visto nunca), y cuando nos enteramos de la noticia todos dijimos que su muerte era prematura, que nos había tomado por sorpresa, que nadie se la esperaba. En su caso era cierto. A sus cincuenta años, Martínez-Lage era joven, gozaba de uno de los mejores momentos de su carrera y para cualquiera resultaba evidente que tenía mucho trabajo —mucho entusiasmo, muchos retos— por delante.

No es imposible que usted haya leído a Martínez-Lage sin saberlo, pues en los últimos años el hombre fue responsable de varias obras maestras. Ejemplo uno: Vida de Samuel Johnson, el monumento de James Boswell que Martínez-Lage convirtió en una traducción monumental (por la que ganó el Premio Nacional de Traducción). Ejemplo dos: Fiesta, de Ernest Hemingway (a quien Martínez-Lage, pamplonés de nacimiento, corrigió más de una inexactitud sobre los festivales taurinos de Pamplona). Ejemplo tres: ¡Absalón, Absalón!, que para muchos es la mejor novela de Faulkner, cuya publicación por parte de la editorial La otra orilla fue uno de los grandes momentos del 2008. El libro de Faulkner es una verdadera joya: una novela maravillosa en una traducción maravillosa editada con maravillosa dedicación. Yo la seguí de cerca (los problemas de la traducción, las decisiones sobre el papel y la portada) porque el editor responsable fue mi amigo Pere Sureda y la editora del texto, mi amiga Ilse Font. Y fue a raíz de esa traducción que conocí a Martínez-Lage.

Nos vimos para comer en un restaurante de Barcelona, y durante tres horas confirmé una vez más lo que siempre he sabido: que en literatura el talento suele ir unido al entusiasmo. Martínez-Lage era un hombre de piel curtida y de voz cascada por el cigarrillo y de ojos cansados por el excesivo trabajo, pero toda su expresión se hacía veinte años más joven cuando hablaba de esas pasiones que los dos compartíamos: Conrad, Faulkner y, entre los vivos y cercanos, Javier Marías. Hablando de Faulkner y de ¡Absalón, Absalón!, Martínez-Lage me dijo: “Es lo más difícil que he hecho. Esa novela me hizo llorar de dificultad”. Y hablando del oficio del traductor hicimos lo que hacen los traductores cuando se juntan: quejarse. De que la paga sea mala, de que el tiempo sea casi siempre poco, de que el reconocimiento sea tan mezquino que muchas veces el nombre del traductor ni siquiera aparece en el libro traducido, y lectores hay que pasan por la vida sin saber que las palabras que leen no han sido escogidas por Faulkner ni por Conrad ni por Boswell, sino por un pamplonés escondido en su estudio. “Es verdad que la virtud del traductor es ser invisible”, me dijo, “pero no exageremos”.

Y ahora Martínez-Lage es definitivamente invisible. La suya es una pérdida que no alcanzamos a medir, pero que nos deja más pobres. En ausencia de gente como él, somos menos.

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