Por: Julio César Londoño

¡Muerte a los homosexuales!

CAMPEA EN EL MUNDO EL HOMOSExualismo.

Vivimos un plumero que ni en Sodoma, ¡qué digo, ni en Medellín! Ahora se casan públicamente en Buenos Aires, “contraen nupcias” con efectos civiles en España, se divorcian en Holanda y hasta adoptan niños en Australia.

Yo me uno a las protestas de José Galat, del Procurador y de todos los hombres de bien contra semejante burla al sacramento del matrimonio. Y no se crea que somos solamente gente asustadiza o prejuiciada o cavernaria los que nos oponemos a esta aberración. También hay protestas de entidades oficiales y científicas como el DANE, cuyos sociólogos y estadísticos no saben cómo van a definir el concepto de “familia” y se han pronunciado ya en contra del matrimonio gay.

Como católico practicante, me atengo a Las Escrituras: “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer y serán los dos una sola carne” (Mateo, 19:4). Y más concretamente: “No cometas pecado de sodomía porque es una abominación”. (Levítico, 18:22).

Aclaro que no soy exactamente un exégeta y que Las Escrituras contienen pasajes que no entiendo muy bien. Los cito a continuación, junto con otros que han circulado por la red (seguramente colgados por mano gay), para que algún lector me ayude a desentrañar su recto sentido.

Levítico, 5:19-24, por ejemplo, proscribe el trato con mujeres que estén menstruando. Muy bien, vade retro mulieris sanguinis, pero ¿cómo distinguirlas? Uno no puede ir por la calle preguntándoles a las señoras esas cosas así como así.

Otra inquietud: tengo una hermana insoportable y quiero venderla como esclava siguiendo los consejos de Éxodo, 21:7. Considerando que es una mujer jecha pero fogosa y no del todo fea, ¿cómo la taso?

Levítico, 25:44 me autoriza a tener esclavos, tanto varones, como hembras. Yo sólo tengo una sirvienta criolla y me gustaría adquirir un muchacho italiano. ¿Nihil obstat?

Me aseguran que la versión original del decálogo decía: “No desearás la mujer del prójimo… ¡ni al prójimo!”, porque nada escapa al Espíritu. ¿Es verdad?

A pesar de los ruegos de toda la familia, mi suegro insiste en trabajar los sábados. Según Éxodo, 35:2, debe recibir la pena de muerte. Como yerno mayor, ¿debo matarlo yo mismo? En tal caso, ¿puedo hacerlo en sábado?

En Levítico, 21:20 se prohíbe que los mancos, cojos, ñatos, narizones, jorobados, sarnosos, legañosos o ciegos se acerquen al altar de Dios. No arrastro con ninguno de estos estigmas, gracias al Señor, pero mi visión, dista mucho del 20/20. ¿A cuántos metros del altar puedo llegar?

Los fines de semana juego fútbol. Punta izquierda. Fui muy buen portero hasta que leí que tocar la piel de un cerdo muerto me hace impuro (Levítico, 11:6-8). Ustedes dirán que qué tiene que ver lo uno con lo otro. ¡Pues todo, porque cómo voy a saber con qué clase de cuero está hecho el balón!

Mi tío se pasa por la faja el precepto de Levítico, 19:19 plantando dos cultivos distintos en el mismo campo. También lo viola su mujer, que combina prendas de tejidos diferentes. ¿Es realmente necesario reunir a todos los habitantes del pueblo para lapidarlos, o podemos quemarlos vivos en una pequeña reunión familiar, como se hace con los que duermen con sus parientes políticos? (Levítico, 20:14).

(Volviendo al asunto del fútbol, ¿puedo volver al arco y salvarme usando guantes sintéticos?)

 Desafiando a Levítico, 19:27, todos mis amigos varones se peluquean y se rasuran. ¿Cómo explicarles que eso es una abominable superstición gentil? ¿Cómo pedirles que dejen de hacerlo sin que piensen que me enloquecen los hombres barbados y llenos de cachumbos rodándoles por el rostro?

Quedo a la espera de las luces de los lectores.

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