Mujer divina

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Todos sabían que Celia Cruz vivía en Nueva York, pero, ¿dónde? ¿En qué calle? ¿Cuál era el número? Dizzy Gillespie quería enviarle un paquete con la segunda edición de un libro que alguien escribió sobre ella. Antes de preguntar por la dirección exacta, debió pensar que, tratándose de la gran Celia, era un detalle innecesario. Alisó el sobre con la palma de su mano y escribió: “Celia Cruz, New York, New York”. Después bendijo su viaje por los sinuosos caminos de las oficinas de correo. Igual que las cartas que los niños envían a Santa Claus anotando, como única dirección, “el Polo Norte”, el paquete llegó a manos de su destinataria: “¿Dizzy me manda un paquete así, sin número, sin más na’? ¿Qué se ha creído ese negro, que no hay otra Celia Cruz en el mundo?”.

Maya Angelou decía que el nombre de Celia Cruz “pertenece a todo el mundo, todo el tiempo y en todo lugar”. Cuentan los viejos que su voz viajaba de La Habana a la República Dominicana en las ondas de Radio Progreso. De lunes a sábado, en un segmento del programa de variedades Cascabeles Candado, escuchaban las canciones que Celia Cruz interpretaba acompañada de la Sonora Matancera. El primer recuerdo que tengo de su voz es un jingle que grabó para un anuncio del jabón Candado. Mi maestra de tercero de primaria dijo que dedicaríamos la última hora de los viernes al canto y la poesía. La primera vez que salí al escenario que recreábamos delante de la pizarra, fue para cantar el famoso jingle de Celia Cruz: “Jabón Candado, lava la ropa, le quita el sucio y le rinde más”. Esperaba que la brevedad de mi interpretación fuera un alivio para mi timidez. Pero la cancioncita despertó tanto entusiasmo entre mis compañeros que repitieron el coro hasta tres veces seguidas, obligándome a permanecer en el escenario más tiempo del que tenía previsto.

Tengo otro recuerdo. Tiene que ver con las brisas de diciembre que trajeron al tío Isaac de vuelta. La jubilación le permitió regresar a su país después de vivir por más de 40 años en Nueva York. Su nombre era José, pero siempre lo llamamos por nuestro apellido. Solía aparecer en la casa sin avisar, impecablemente vestido, con su guayabera almidonada, pantalón sastre y sombrero Fedora. Traía un bolso de piel color caramelo lleno de cassettes y una radio que funcionaba con pilas, para que los apagones no nos arruinaran la rumba. Una vez le escuché decir a Compay Segundo que la mayor virtud que puede tener un hombre es poder alegrar a otro solo con su presencia. El tío Isaac tenía esa virtud. Parecía poseído por un ánimo de celebración constante. En uno de sus cassettes nos trajo la voz de Celia Cruz. La banda sonora del inmigrante que descubre que en la música hay otros modos de volver. Cuando sonaba Sopita en botella, el tío Isaac saltaba de la mecedora con el deslumbramiento de quien regresa a una melodía de antaño y comprueba que su sabrosura sigue intacta. Acompañaba a Celia en el arranque: “¡Oye, mi socio!”. Después seguía marcando el ritmo con sus zapatos de dandi caribeño.

Tengo un recuerdo más. Un concurso que convocó a más de media docena de niños en un patio del barrio de mi infancia. Quien fuera capaz de cantar los versos de Burundanga sin fallar una sola palabra ganaría un refresco rojo y un bollo dulce popularmente conocido como “añugaperro”. El coro preguntaba: “¿Por qué fue que Songo le dio a Borondongo?”. Yo respondía con una voz que en cada repetición sonaba más enérgica y confiada: “Porque Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga, le echó burundanga, le hincha lo’ pie’”. Me deslizaba por el estribillo de la canción como si bajara por una loma en una yagua de palma. Más tarde recorrí el tramo que había entre el patio de la vecina y mi casa con los brazos en alto: el refresco rojo en una mano y el añugaperro en la otra. Triunfante. Gracias a santa Celia bendita, mujer divina que invocamos para que la alegría se manifieste, todo el tiempo y en todo lugar.

sorayda.peguero@gmail.com

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