Por: Columna del lector

Mujer policía: entre estereotipos y realidades

Por Juliette Giomar Kure Parra*

Los estereotipos son parte del imaginario social, gracias a la producción de creencias e ideas sobre una persona o una organización, a través del gran poder de influencia que tienen los medios de comunicación. Por ello, como ciudadana y policía, asumo la vocería de más de 18.000 mujeres que integran la institución a la que pertenezco para aclarar algunas de las inquietudes planteadas en la columna titulada: “Ficción y género, a propósito de ‘El Bronx’”, publicada en la columna del lector de El Espectador el día 19 de mayo de 2019. Lo anterior, teniendo en cuenta que el rol protagónico de la mujer en la Fuerza Pública ha abierto nuevos espacios de reflexión sobre las relaciones y las identidades, dados los contextos operacionales asociados a la lucha contra el crimen.

En primer lugar, independientemente de lo que muestren “creativamente” las series de televisión, es necesario considerar que la forma en que las mujeres policías usan y trascienden su autoridad está claramente correlacionada con los valores y con el tipo de sociedad responsable que todos anhelamos. Por ello, cuando la socióloga autora de la columna pregunta, a partir de situaciones planteadas en la serie televisiva, cómo las mujeres logramos ascender en el interior de la institución, se debe aclarar que la vinculación y los ascensos de oficiales no se realizan de manera aleatoria, sino que hacen parte de un proceso reglamentado, de perfiles y competencias, tanto para hombres como para mujeres, en el que los bachilleres o profesionales que ingresan a la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander realizan el pregrado en administración policial durante tres años o la especialización en servicio de policía, para asumir el rol institucional como una profesión. Por lo tanto, cuando se alcanza el tiempo reglamentario en el grado, los uniformados son ascendidos, requisito que se suma al cumplimento de los más altos estándares exigidos, tales como haber adelantado el diplomado de manera satisfactoria y no tener sanción alguna, disciplinaria, penal o fiscal.

En segundo lugar, respecto al cuestionamiento sobre si la mujer policía en su ejercicio profesional es objeto sexual al realizar operaciones encubiertas, es necesario distinguir la ficción audiovisual de la realidad normativa y procesal que rigen figuras como la de “agente encubierto”. Al respecto, el Código de Procedimiento Penal, en su artículo 242, señala que esta figura permite obtener elementos materiales probatorios y evidencias físicas relacionadas con personas u organizaciones vinculadas en actividades ilícitas. Asimismo, dichas actuaciones deben realizarse previa autorización de la Fiscalía General de la Nación. Por consiguiente, las designadas como agentes encubiertas son seleccionadas teniendo en cuenta su entrenamiento, experiencia y estudios psicológicos (incluso algunas de ellas especialistas o magíster en investigación criminal), en un marco de legalidad y control de las autoridades competentes, prohibiendo actuaciones que vayan en contra de su voluntad, dignidad o intimidad. Para la Policía es prioritaria la defensa de la vida y sus valores concomitantes.

En consecuencia, la capacidad de las mujeres fortalece la lucha contra el crimen y la protección de la dignidad humana. Claro ejemplo de ello es el desempeño de nuestras mujeres que trabajan a diario en el ámbito estratégico, operacional y administrativo: en inteligencia, vigilancia, antinarcóticos, antisecuestro, como pilotos, en la docencia y, sobre todas estas denominaciones, mujeres de la Patria, que garantizan con su autoridad moral y legitimidad procedimental la transparencia en las más duras labores de la prevención, el control y la disuasión del delito.

Así lo ha demostrado históricamente la Policía Nacional, al contar con la primera mujer especialista en detección de explosivos, además de ser la primera institución en ofrecer a la mujer la posibilidad de llegar a ser general de la República. Algunos de estos esfuerzos son relatados en dos libros sobre el deber ser policial, lanzados en la reciente Feria del Libro de Bogotá: El género del coraje (I y II), en los que se narra la historia de quienes trascendieron su misionalidad, como la agente Rosalba Montes, quien intentó salvar de un artefacto explosivo a pobladores y compañeros en La Estrella (Antioquia) y perdió su mano derecha, o la cabo primero Rosa María Sánchez, quien corrió a ayudar a un agente en peligro en Bogotá y hoy es un paradigma de coraje desde su silla de ruedas.

Finalmente, agradezco a la socióloga Adriana Hidalgo Cardona el permitirle al país, desde sus inquietudes, reflexionar sobre los estereotipos de género, debido a que el rol de la mujer en la Fuerza Pública se sustenta sobre los siguientes ejes: profesionalismo, liderazgo transformador, corresponsabilidad social y apego a la cultura de la legalidad e integridad, bajo la convicción de que Colombia necesita de renovadas narrativas audiovisuales basadas en historias reales de mujeres policías que perdieron la vida o se pusieron en riesgo bajo el amparo constitucional, sin transgredir principios éticos en la defensa de la vida, los bienes y la honra de los ciudadanos, al poner nuestros talentos a favor de la justicia y el bien común de la sociedad a la que nos debemos.

* Brigadier general, directora de Sanidad de la Policía Nacional.

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