Por: Catalina Ruiz-Navarro

Mujeres y robots

Con bombos y platillos se anunció esta semana que Arabia Saudita le otorgaba la ciudadanía a una robot antropomorfa llamada Sophia. La robot ha dado conferencias y dio una entrevista en un evento llamado Future Investment Initiative. En el foro, lleno de inversionistas millonarios, Sophia se convirtió en uno de los proyectos más llamativos. En un video, el entrevistador le pregunta si ella como robot tiene conciencia de sí misma, y ella le devuelve la pregunta: ¿cómo sabes tú que eres humano? Luego le hace unas preguntas existenciales y Sophia le dice que no le haga tanto caso a Hollywood, que ella será una buena robot y que agradece su ciudadanía.

Antes de abordar las pregunta ontológicas y lo que significa para el feminismo esta noticia, es importante recordar lo obvio: que Sophia es una muñeca parlante, con respuestas planeadas en reacción a unas preguntas previstas, como las muñecas de cuerda que tenía de niña. Su creador, David Hanson, viene de trabajar en Disney y sabe cómo hacer una muñeca expresiva. La supuesta ciudadanía en realidad es sólo para que el mundo entero voltee a ver al foro y enganchar a los inversionistas. Sophia está lejísimos de ser “casi humana” y le falta mucho para ser uno de esos robots soñados por Isaac Asimov.

Sin embargo, las preguntas quedan: ¿puede un robot tener derechos?, ¿será un asesinato apagarlo?, ¿cómo serían sus derechos laborales?, ¿podrán elegir las actividades a las que se dedican?, ¿podrá casarse?, ¿podrá votar?, ¿podrá tener una cuenta de banco? Nótese que muchas de estas preguntas apuntan a derechos que no tienen muchos y muchas humanas en el mundo, particularmente las mujeres en Arabia Saudita y varios grupos de migrantes que son explotados al nivel de la esclavitud.

También nos plantea otras preguntas a nosotros como sociedad. ¿Por qué nos es más fácil aceptar el género de una robot que el de una persona? Fíjense en cómo nadie cuestiona el género femenino de Sophia, que ni siquiera tiene genitales, y no se hace preguntas ni toma decisiones sobre su identidad. Sin embargo, si una persona trans nos dice que es mujer, la cuestionamos. Y eso que Sophia no se salvó de que la sexualizaran: sólo por tener facciones de mujer (de mujer blanca), varios medios se refirieron a ella como “Hot”.

Parte del trabajo de filósofas feministas como Donna Haraway o Judith Butler cuestiona no sólo la línea binaria divisoria entre mujer y hombre, sino también otras dicotomías como cultura/naturaleza, humano/animal y humano/máquina. La pregunta es en dónde se acaba lo animal en nuestros cuerpos, en dónde comienza la máquina. Los seres humanos hacemos grandísimos esfuerzos por desanimalizarnos, es decir, marcar muy clara esa línea entre nosotros y los animales, por eso la palabra se usa como insulto y por eso dedicamos tanta energía a ocultar y desodorizar los desechos de nuestro cuerpo y todas sus secreciones.

La definición de humano también se construye en oposición a las máquinas, aunque muchos de nosotros ya seamos una suerte de cyborgs por haber intervenido nuestro cuerpo con “hacks” que lo ayudan a funcionar mejor, como los marcapasos o hasta los lentes de contacto. Para Haraway, las líneas entre ella y su perro, ella y su computadora, son tan borrosas y arbitrarias como las que marcan el género. Haraway critica que el mundo esté construido sobre jerarquías binarias que se usan para someter al otro, sea este la mujer, el animal, la máquina, el extranjero, y así por todos los bordes del statu quo. Combatir estos binarismos es una de las causas más importantes de los feminismos contemporáneos, porque ese sistema binario se usa activamente para deshumanizar a las personas que pertenezcan a la categoría de subordinadas. Y luego de deshumanizar, es fácil la violencia.

Esta semana, Arabia Saudita hizo lo contrario de lo que hace con las mujeres: humanizó un objeto, y con ese gesto cosificó aún más a ciertas personas. Quizá no es el único país que les tiene menos miedo a los robots que a las mujeres.

@Catalinapordios

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