Por: Reinaldo Spitaletta

Mujica y Mandela

Mientras me motilaba, en medio de los olores clásicos de alhucemas y piedra alumbre, el barbero de Buenos Aires me dijo: “no hay políticos éticos. Todos acuden a la mentira y la corrupción”. De pronto, detuvo las tijeras y advirtió: “Sólo hay dos políticos que valen la pena en el mundo, ¿sabés cuáles son?”. “Mandela y Mujica”, le respondí. Soltó una risa larga y me dijo: “merecés un abrazo”.

Ética y política (o más bien, politiquería) son asuntos que se pueden equiparar con aquello que decía Groucho Marx de nada más contradictorio que los términos “inteligencia militar”. ¿Qué ética puede haber, por ejemplo, en los políticos y parapolíticos colombianos? ¿Qué ética en aquellos que han patrocinado a la mafia, en los que han promovido el despojo, los desplazamientos, la violencia? ¿Qué ética puede existir en tipos como Bush, Berlusconi, Tony Blair o Sarkozy? Y así podría seguir el interrogatorio hasta el infinito.

José Mujica, presidente uruguayo, que recientemente fue noticia mundial por su memorable discurso en la pasada cumbre de desarrollo sostenible en Río de Janeiro, es un tipo sencillo. Vive en una chacra en las afueras de Montevideo (y no en un palacete ni en un condominio, como pudiera corresponder a su dignidad presidencial), donde cultiva hortalizas y flores; maneja un viejo Volkswagen y dona casi la totalidad de su sueldo a fundaciones sociales. Que no use corbata es lo de menos.

De joven perteneció al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, ese mismo que aparece en una célebre película de Costa-Gavras, y que por los sesentas y setentas estremeció al Uruguay de dictaduras y desaparecidos. Estuvo encarcelado por más de doce años, junto con otros dirigentes como Raúl Sendic a los que la dictadura tomó en 1973 como rehenes y sometió a diversas torturas. En enfrentamientos armados recibió seis balazos y fue amnistiado en 1985.

Mujica, admirador del pragmatismo del expresidente brasileño Lula para resolver los problemas sociales, dice que la democracia “es como una plantita delicada que, en todo caso, hay que cuidarla, y depende mucho de lo que podamos hacer, no es perfecta, tiene un montón de defectos bárbaros pero por ahora es lo mejor que hemos podido encontrar”. En Río, por ejemplo, dijo, siguiendo el pensamiento de Epicúreo, Séneca y los aymaras, que “pobre no es el que tiene poco, sino que, verdaderamente, pobre es el que necesita infinitamente mucho y desea y desea y desea más y más”. Advirtió que los hombres tienen que dominar el mercado, y no al contrario.

Mandela, al que la ONU le tiene dedicado el 18 de julio por la Paz, la Democracia y la Libertad, estuvo preso 28 años (en la cárcel estudió derecho por correspondencia) y su pueblo lo convirtió en un estandarte de la lucha contra la segregación racial. Se recuerdan sus palabras de 1961: “No abandonaré Sudáfrica, no me rendiré. Sólo con penurias, sacrificio y acción militante se puede conquistar la libertad. La lucha es mi vida. Seguiré luchando por la libertad hasta el fin de mis días”. Y así Mandela es una metáfora de la dignidad y la libertad.

Mandela ha dicho que la eliminación de la pobreza no es un gesto de caridad, sino un acto de justicia. “Es la protección de un derecho humano fundamental, el derecho a la dignidad y a una vida decente. Mientras persista la pobreza, no habrá verdadera libertad”. Por su parte, el uruguayo, al referirse a la enajenación y miserias del mercado y el consumo, dijo que el desarrollo no puede ir en contra de la felicidad humana, del amor, del cuidado a los hijos. “Cuando luchamos por el medio ambiente, el primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad humana”, concluyó en Río y sus palabras volaron por el mundo.

Creo que el barbero clásico del barrio Buenos Aires, un hombre que puede tener la edad de Mujica, 76 años, tiene razón: la mayoría de políticos no vale la pena y son más bien la causa de muchas enfermedades sociales. Al final de cuentas, sí hay motivos para abrazarse por dos tipos como el uruguayo y el sudafricano. ¡Salud! 

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