Por: Jaime Arocha

Mundial de 2014 y exclusión social

En Río de Janeiro reviví la la “exofilia” significa afiliación de la gente negra al maquillaje multiculturalista, pero, al mismo tiempo, exclusión educativa, socioeconómica y política.

Por el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, el barrio de Santa Teresa pasa a ser exclusiva meca turística. Una lujosa tienda de artesanías exhibía un pesebre con su San José negro de mochitos y chanclas, serrucho y cepillo metidos en una caja de herramientas. María, de minifalda, pañoleta en la cabeza, y el Niño Dios, guindando de su espalda mediante una tela como la que usaría cualquier africana en el mercado, y los tres reyes magos con tambores para el candomblé. En otro estante, cerámicas coloridas de favelas, cuya arquitectura aferra las casas a morros casi verticales que la gente negra ha domesticado, una representación que también sobresalía en el recién inaugurado Museo de Arte de Río. Bloques de ladrillo verticales daban la idea de las viviendas estrechas, y los horizontales, de las tiendas de la base, todos pintados de rojo, verde, azul y morado fuertes, con letras garrapateadas: “Banco de Esperanzas”, “Vean nuestros videos en Youtube”.

Ese museo hace parte de la renovación de Porto Novo, que también incluye al Museo del Mañana, la Pinacoteca, la Escola do Olhar y nuevos talleres de pintores bohemios, todos cerca de la Piedra de Sal, una de las cunas de la samba carioca. Más arriba, el morro de la Concepción, emblemático para inmigrantes portugueses, y entre los dos, el quilombo o palenque urbano que la antropóloga colombiana Stella Rodríguez estudió para su tesis doctoral, ninguneado como supuesto espacio de estibadores, putas y marineros, todos en trance de ser expulsados, víctimas de la especulación con la finca raíz. A los inversionistas europeos les interesa la vista sobre la bahía de Guanabara y convertir casas pintorescas de valor histórico en hoteles de cinco estrellas.

Rodríguez añade que los desplazados deben irse a municipios como los de la Baixada Fluminense, por debajo del nivel del mar, a dos horas de Río, tomando tres buses por el equivalente de $25.000 diarios que los trabajadores informales no pueden costear. De ahí tantos hombres negros a quienes uno ve debajo de mantas, pasando las noches de lunes a sábado en áreas como las de la Estación Central de trenes y metros.Las nuevas exclusiones comenzaron desde que anunciaron el Mundial. En las llamadas favelas pacificadas los arriendos se treparon hasta un 400% y en el resto de la ciudad se triplicaron. A diario, manifestantes de la inconformidad, pero infortunadamente no siempre de los expulsados, lanzan discursos y arengas frente a la Cámara de Concejales. ¿Cómo podía ser que en una nación cercana al socialismo del siglo XXI hubiera un pasacalle que decía “No al cierre de las escuelas públicas; no a la privatización”? Desde junio ha sido persistente una protesta social que resume un gran cartel con las frases “Ni vamos a tener copa, ni olimpiada”. La consecuente represión policial motiva otros pasacalles sorprendentes para un régimen emblemático en la lucha contra la desigualdad social: “Libertad para los presos políticos” y “Dictadura militar, 2013-1964, los 233 torturadores”.Creo haber estado en un país que pugna por localizarse en la orilla opuesta a la del neoliberalismo. Estetizar africanías maquillaría la dificultad para lograrlo.

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