Por: Columnista invitado

Mun(dial) de fútbol (II)

“El fútbol es el menos flemático y el más generoso de los legados que los ingleses le han dejado a la humanidad. Tan generoso que no nos han cobrado ni un penique por concepto de derechos de autor. Semejante descuido de su parte —y tamaño invento— los exculpa de todas las fechorías cometidas” Jorge Barraza.

Cada partido del Mundial es una oportunidad para volver la mirada hacia los ancestrales rituales que nos confrontan con lo sagrado y con lo profano. Rezamos, nos arrodillamos, clamamos y gritamos.

La previa exige la creación de una atmósfera sacra: ordenar, calcular, llamar y comprar. Se paraliza el mundo, nada es importante, todo puede esperar, hasta lo más trascendental. El mundo se acható con la televisión, internet y la radio. Millones de seres humanos se contagian de esa inexplicable “irracionalidad estética” para habitar el olimpo de unos dioses que jugaron fútbol. “Mil al que adivine quién hace el primero”.

“Dos mil al que acierte si lo hace de cabeza, con la izquierda o con la derecha”. “Tres mil al marcador”. “Cuatro mil al que adivine cómo queda el primer tiempo”. Una pregunta por el resultado final, una incógnita por el duelo del perdedor y una alegría por el vencedor. A la vida le gusta el fútbol y goza con las transformaciones que produce el Mundial: cada fábrica, escuela, universidad, empresa, oficina, plaza y parque se decoran de otra manera, se trastocan los horarios, la gente duerme distinto, la comida no es la habitual, el transporte es menos caótico en los horarios caóticos, pero todo se empeora cuando se acerca la hora del encuentro y no importan los rivales ni los horarios y hasta los hospitales son “vivibles”. La vida disfruta con los rostros adustos de quienes han apostado casas, televisores, el huevo del almuerzo o una cervecita.

La vida es una polla que goza sarcásticamente cuando ve que faltan 10 segundos y el partido cambia su rumbo. Este mes es el mejor pretexto para amar mejor, conversar cálidamente, festejar el triunfo y rumiar dulcemente la derrota (¿dulcemente?), aunque, también, es la época de más divorcios (dicen algunos) y las cárceles son laboratorios de paz. En la radio dicen que la transmisión comenzará dos horas antes del partido, en televisión, media hora. La radio es una compañera de viaje: “quitale el volumen al televisor y ponéselo al de la radio, es que los vecinos...”. ¿Qué pasa con eso de que una imagen vale más que mil palabras? Algo sucede con las nociones de tiempo y espacio en épocas mundialistas. Un mes es muy poco tiempo porque cada partido jugado es la evidencia concreta de que ya se está acabando, de que hay finitud y acabamiento. Como en La broma de Kundera, el fútbol, la vida y la magia se ríen de los seres humanos y sus rituales durante este mes. Escuchar y ver un partido en un Mundial es asistir a la máxima catarsis porque allí se sienten, en un gol, la cima y la sima.

 

*Juan Carlos Rodas Montoya

 

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