Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 49 mins
Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Mundo Gerlein

Aunque no me sorprende que 51 senadores hayan enterrado el proyecto de ley del matrimonio entre parejas del mismo sexo, sí me indigna la forma irresponsable y retrógrada con la que se le puso punto final. Hoy, por cuenta de esos 51 senadores seguimos siendo una nación retardataria y confesional.

La frase con la que el senador Gerlein —bien conocido por clientelista y politiquero— vaticinó el hundimiento de la libertaria iniciativa, describe lo que la encopetada godarria piensa de los derechos ajenos. Según el decadente parlamentario barranquillero, como el 80% de colombianos somos heterosexuales, entonces había que rechazar el matrimonio gay. Visto de otra manera, lo que en el fondo implica la tesis Gerlein es que derechos que no sean mayoría, no ameritan ser reconocidos. Con ese mismo criterio otras generaciones de godos durante siglos desconocieron a los negros y los indígenas, hasta que la Constitución del 91 intentó enmendar esa terrible ofensa histórica que aún no cesa. Hubo hasta una ley —la 153 de 1887— en vida de Núñez y Caro, que permitía la rebaja de penas a los indígenas condenados siempre que aceptaran someterse a bautismo y catequización de la perseguidora Iglesia católica.

La doctrina Gerlein no es absoluta, pues reconoce calculadas excepciones. En efecto, a pesar de que los pobres son mayoría, ese Congreso no legisla para ellos, sino para la inmensa minoría de quienes todo lo detentan.

Pero si en el Senado llueve en el Gobierno no escampa. Se hizo el de la vista gorda, como en muchos otros temas, y en vez de haber apoyado el proyecto, se amangualó con el diletante Roy Barreras y otros más, para que se hundiera. La actitud de los ministros del Interior y de Justicia francamente fue deplorable.

La desastrosa ministra de Justicia, quien no da pie con bola en nada, no tomó la iniciativa de comprometer al Gobierno en la suerte de un proyecto que en el concierto universal nos habría permitido ganar en respeto y tolerancia. En efecto, prefirió anunciar que el Gobierno autorizaría a los notarios a que personas del mismo sexo celebren “uniones maritales”, pero no matrimonios. Obviamente, cuando un gobierno guarda silencio frente a la opción matrimonial entre homosexuales y al mismo tiempo anuncia que los notarios apenas les reconocerán una discreta “unión marital”, ello en el críptico mensaje de la política sólo podía significar que estaba de acuerdo con Gerlein, Roy Barreras y toda la caterva de insensatos que ultrajaron a muchos compatriotas.

Y para completar el rosario de inequidades, el ministro de la política, Fernando Carrillo, salió con la genialidad de que a este proyecto le faltó discusión jurídica. No hay tal; la controversia jurídica sí se dio, tanto que la Corte Constitucional profirió una sentencia —gelatinosa y cobarde– en la que en vez de decidir de fondo delegó asunto tan cardinal a un Congreso que de antemano se sabía que no sería capaz de avanzar. Por eso triunfaron las ideas religiosas del corrupto procurador Ordóñez y de la lobista Ilva Myriam Hoyos, voceros de una iglesia homofóbica e hipócrita invadida de pedófilos. Y ante ellos el vacilante régimen de Santos tiembla y no se atreve. Tan liviana es la explicación de Carrillo, que aun en el evento de que hubiese hecho falta ilustración jurídica, la culpa sería del mismo Gobierno; es decir, se está quejando de su propia falta.

Como lo dijo Martha Lucía Cuéllar, la valerosa mujer que con su verbo estremeció para siempre al Congreso: el inmenso error de no aprobar el matrimonio igualitario lo cobrarán las nuevas generaciones, que tampoco entienden semejante atropello de los flamantes padres de la patria.

Adenda. ¿Cuándo los militares terminarán la investigación exhaustiva para identificar al traidor a la patria que le dio información privilegiada a Uribe? ¿Será por eso que el procurador Ordóñez anda de agitador en las guarniciones militares?

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