Por: Alberto Donadio

Murdoch

Vino Rupert Murdoch a Bogotá —dice Semana—, alquiló un piso en el hotel J.W. Marriott y lo recibieron Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe y le hicieron venias los ministros Echeverry, Esguerra, Pinzón y Cárdenas.

Según la revista, a ninguno de ellos les dijo Murdoch por qué venía a Colombia. Pero es obvio. El presidente Santos acaba de declarar, en entrevista con Yamid Amat, que la meta de su gobierno es que “en el mundo se respete y valore a Colombia”. Santos está ejecutando ya este loable ideal de su política internacional: recibir con honores a alguien que haga valorar a Colombia con los medios de comunicación que posee en 50 países.

El presidente comprendió al vuelo la coyuntura excepcional que se creó hace dos meses cuando Murdoch presentó sinceras, rendidas y lacrimógenas excusas a los padres de una niña de trece años que fue secuestrada y luego asesinada y cuyos mensajes en el celular fueron publicados por un diario de Murdoch en Inglaterra. El desproporcionado escándalo obligó a Murdoch a clausurar The News of the World, tan admirado como The Guardian. Y viendo Santos, que fue periodista, que la opinión pública mundial condenó a un dignísimo anciano de 80 años por un pecadillo insignificante, averiguó cuál era su patrimonio, y cuando le informaron que asciende a 7 mil 600 millones de dólares, montó en cólera santa por la injusticia cometida contra esta venerable figura del diarismo mundial.

Dispuso entonces averiguar si a acatados líderes internacionales como Robert Mugabe de Zimbabue, Islam Karimov de Uzbekistán o Mahmoud Ahmadinejad de Irán, ya se les habría ocurrido acoger en sus países a Murdoch. La canciller María Ángela Holguín respondió negativamente. Santos se frotó las manos y decidió que no podía perder tiempo. Antes de que se le ocurriera a algún homólogo, él, Santos, repararía el daño inferido a un probo magnate de la prensa y lanzaría su campaña para que a Colombia la respeten en el mundo.

Luego dio el paso final: se apretó la banda presidencial y se reunió a solas en su despacho con el retrato al óleo del doctor Eduardo Santos. Hablándole a su tío abuelo, le dijo: “Doctor Santos, recuerdo el ilustre ejemplo suyo, admirado en toda Hispanoamérica, cuando convirtió a El Tiempo en refugio de innumerables republicanos que tuvieron que huir de España en la guerra civil. Yo, doctor Santos, tuve que vender mis acciones en El Tiempo por mezquinos 15 millones de dólares y no puedo hoy abrirle las puertas del periódico a un eminente y encanecido periodista australiano asediado en todo el mundo. Pero ahora soy presidente y tengo todo un país para darle asilo a un insigne exiliado como Rupert Murdoch. Luz en la poterna y guardián en la heredad, fue la frase que usted inmortalizó como dechado de buen gobierno. Ese faro ilumina todos mis actos”. Y se ciñó aún más la banda presidencial.

 

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