Por: Gustavo Páez Escobar

Música y literatura

La Editorial La Serpiente Emplumada, dirigida por la cuentista Carmen Cecilia Suárez, presentó en la pasada Feria Internacional del Libro una breve novela, de 170 páginas, que lleva por título “7 días en El Olvido”, de la cual es autor Nelson Ogliastri, nacido en Guayaquil e hijo de madre ecuatoriana y padre colombiano.

Nelson Ogliastri tiene 27 años, y desde los 16 inició su carrera musical como compositor de jazz, campo en el cual ha obtenido resonantes triunfos. A pesar de su corta edad, su nombre es reconocido en varios países. Y grabó su primer disco, donde reúne sus composiciones iniciales en asocio de grandes jazzistas chilenos. Además, ha compuesto música para obras de teatro. En el momento está vinculado a la Filarmónica de Ámsterdam.

Este músico de prestigio internacional, mitad colombiano y mitad ecuatoriano, y que ha residido en diversos países en razón de la actividad empresarial de su padre, causa hoy sorpresa al revelarse también como escritor. No es frecuente, por cierto, esta dicotomía en dos disciplinas artísticas que no mantienen cercanía fácil. Tal circunstancia, que me causó natural curiosidad por los comentarios sugestivos que escuché acerca de la novela y su autor, me condujo a adquirir el libro.

Sobre esta novela he de decir, ante todo, que no parece que se tratara del texto de un autor primerizo. La obra reúne ingredientes singulares que me llevaron, de una sentada, a devorar su lectura. Novela original tanto por los recursos literarios que emplea el escritor, como por el ingenio con que ha fabricado una historia salida de lo común. Y que deja motivos de reflexión.

No es casual que el autor del prólogo, Winston Villamar Fernández, ostente los títulos de médico siquiatra y filósofo. Él fue escogido a propósito para avalar la tesis novelística. La urdimbre de la novela está  elaborada con altas dosis de sicología, filosofía y surrealismo. Todo en forma medida, para hacer un relato a la vez humano, intrigante y dinámico, donde la acción fluye con naturalidad, crea situaciones insólitas, a veces de espíritu kafkiano, y mantiene al lector en permanente suspenso.

La fuerza narrativa, combinada con una calculada y graciosa simplicidad, es el gran motor que impulsa esta historia que a veces parece de fantasmas –como en los dominios de Pedro Páramo– y que no permite que el ánimo del lector decaiga un solo momento. Con Beatriz, la protagonista, una muchacha errante en el azar de los caminos, llega la lluvia al remoto y misterioso territorio de la Guajira. La lluvia en la región es tan extraña como la propia historia de amor que comienza a tejerse con la llegada de la forastera.

Ella toca en la puerta del asilo y pregunta si pueden darle hospedaje durante siete días. Le contestan que el único cupo disponible es el que acaba de dejar el anciano que amaneció muerto, y la viajera no tiene inconveniente en aceptarlo. De ahí en adelante surge una serie de situaciones curiosas dentro de este mundillo de viejos, dementes, sordos, desmemoriados, y un coronel retirado que nadie sabe por qué fijó allí su residencia. Todos están unidos con el mismo vínculo de la vejez –menos Beatriz, la transeúnte de 35 años– y saben que tienen garantizada la vivienda hasta el final de sus días. El rótulo del hospicio: El Olvido, lo dice todo. Sus habitantes, más que de enfermedades, se mueren de viejos.

Un ambiente alucinante, e imbuido de belleza y poesía, se vive bajo estas paredes de la soledad. Mundo a la vez hechizado y patético. Se trata de seres anónimos que se van desvaneciendo en abrazo con la naturaleza, esta tierra árida y a la vez maternal de la Guajira, que lanza a los vientos –con los sones de la música que arrullan el alma del novelista– una parábola de amor y hermandad.

Es una convivencia entre vivos y difuntos, donde en medio de vigilias y sueños discurre el sentido de la vida frente al tremendismo de la muerte. Tremendismo que aquí no existe, porque la muerte se presenta como un trance natural. Y cuando queda algún cupo disponible en El Olvido, algún alma viajera vendrá a ocuparlo. En el caso de la novela, el hospedaje será por solo siete días, término suficiente para simbolizar, como lo hace Beatriz con su personalidad encantadora, el principio y el fin del amor y de la vida.

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