Por: Carlos Granés

Mutaciones autoritarias

Los tiempos de los tanques han pasado. No pongo la mano en el fuego, pero dudo que en Hispanoamérica se vean de nuevo convoyes desfilando por sus principales ciudades, como ocurrió con ominosa frecuencia entre 1964 y 1981, cuando Castelo Branco derrocó al brasileño João Goulart y el general Milan del Bosch paseó sus tanques por Valencia, intentando sin éxito socavar el gobierno español.

 Ya nadie cree en las coartadas habituales con que los militares autojustificaban sus asonadas —la defensa de la constitución o la amenaza del “enemigo interno”—, y los organismos internacionales jamás legitimarían un cambio de gobierno por medios tan burdos y evidentes. Eso no significa, sin embargo, que el virus autocrático se haya erradicado o que América Latina esté vacunada contra los golpes de Estado. Aunque la situación es mucho mejor que en el pasado, y países como México y Paraguay, dominados durante décadas por un mismo partido, han visto la alternancia en el poder (fugaz en el caso de Paraguay), la tentación autoritaria sigue latiendo en las entrañas del continente. Eso sí, los métodos por los que se expresa se han sofisticado.

La tropelía de las armas ha sido reemplazada por métodos mucho más efectivos y sutiles. El más usado, tanto en la derecha como en la izquierda, ha sido aprovechar el tirón de popularidad que da un triunfo electoral para convocar una asamblea constituyente y amoldar las instituciones y las leyes a los intereses de quien está en el poder. Todo tiene un aspecto legal, sustentado en los votos, pero su fin es perfectamente antidemocrático: acorralar a los contradictores para que no tengan posibilidad de participación política.

La calidad de una democracia no se juzga sólo por el respeto a las opciones de la mayoría, sino por la forma en que los vencedores se comportan con las minorías. Eso es lo que diferencia a las democracias de los otros sistemas políticos, como el fascismo. Los ganadores, a pesar de tener más poder, no usan sus prerrogativas para aplastar a los derrotados, sino que, muy por el contrario, les abren un espacio de participación. Las democracias adulteradas de Latinoamérica se encargan precisamente de cerrar estas ventanas. ¿Cómo lo hacen? Resquebrajando la seguridad jurídica, amenazando a los sectores productivos con expropiaciones, acaparando los recursos, atropellando a los medios de comunicación, favoreciendo monopolios, politizando las instituciones, ubicando a incondicionales en las otras ramas del poder o amedrentando a los opositores mediante arengas públicas, listas negras o la asfixia económica. Ya no hay torturas ni desapariciones masivas —lo cual es un progreso—, pero no por ello el opositor deja de ser un ciudadano de segunda, siempre en riesgo de que se vulneren sus derechos.

La Venezuela de Hugo Chávez fue el laboratorio donde se pusieron en práctica todas estas tácticas autoritarias. Pero ahora, sin Chávez y su habilidad para conectar con él los sectores desfavorecidos, parece evidente que el experimento venezolano se desmoronará. Nicolás Maduro no tendrá más opción que hacer lo que hacen los demócratas: tener en cuenta a la oposición.

*Carlos Granés

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