Por: Lorenzo Madrigal

Muy valiente

Es lo menos que puede decirse de un hombre que, como Juan Guaidó, enhiesto entre la muchedumbre, se autoproclama a los vientos presidente de su Nación. Hecho aventurado y riesgoso, sin que se tratara de una aventura, pues un sólido argumento jurídico respaldaba su gesto.

Y ahí permanece, como una estatua frágil, casi a la intemperie, rodeado por millones de personas, como las que han desfilado en torno suyo, de modo impresionante. Todos sabemos que si se enfría este ardor popular, su gran enemigo, el anti-Estado de derecho de Nicolás Maduro, lo reducirá a prisión y lo enviará con Leopoldo López a la cárcel de Ramo Verde o a otra igualmente cruel. Su rebeldía y pertinacia, de Guaidó y López, es lo que la historia ha coronado con el laurel de los héroes.

El mundo occidental se ha volcado a su favor y ha hecho (salvo en corporaciones que rara vez son unánimes) el reconocimiento de su legitimidad. Es un caso bien curioso, pues se trata de una legitimidad fundada en razones de derecho, sin las formalidades y protocolos que en la Venezuela de hoy juegan del lado de quienes han copado con falacia todos los poderes públicos.

Aunque pocos lo han visto así, autoproclamarse presidente, como lo ha hecho Guaidó en el vecino país, con valentía inusitada, y haber sido reconocido mundialmente, podrían ser la última forma de restablecer pacíficamente la democracia, con sus valores de participación pública, elecciones y derechos. Pero la situación es para crisparse y con facilidad de una de las partes —o de uno de los dos gobiernos— puede saltar la chispa del enfrentamiento.

Dividido el mundo como está entre democracias y autocracias, para decirlo muy simplemente, esto mismo podría reflejarse en el Caribe con los intereses en juego de las grandes potencias de Oriente y de Occidente. Aviones rusos, muy ostentosos, se han dejado ver en Venezuela, y otros norteamericanos, menos vistosos, en Colombia, además de los borradores que porta y muestra Míster Bolton (el “Chapatín” norteamericano) para comprometer de soslayo a nuestro país.

El dictador venezolano buscará entremeses de diálogo que dilaten las soluciones, apaguen el calor de estos días, prolonguen su permanencia en el poder o la garanticen bajo otras formas que su mando ilegítimo volverá a desvirtuar y a copar abusivamente. Al parecer, la diplomacia de la Iglesia no va a prestarse esta vez para tales dilaciones y ya se sabe que una carta, de las que sí llegan a destino, entró en busca de mediación a los buzones vaticanos.

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Negarle a un texto de Historia Patria la posibilidad de enunciar los postulados de un gobierno como el de la “Seguridad Democrática”, es querer que la historia para párvulos les llegue molida y trillada por el tamiz comunista.

 

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