Por: María Antonieta Solórzano

Nacimos para ser amados

Cada vez que nos cuidamos nacen espacios donde el amor se hace real. Cada vez que compartimos nuestras vulnerabilidades surge la solidaridad. Cada vez que mostramos aprecio o lo recibimos brota la conciencia de nuestros valores.

Es en la relación con la madre donde aprendemos las primeras letras del cuidado, de la vulnerabilidad y del aprecio por nuestros valores.

Las madres nos invitan a sentirnos amados y a amar de la manera particular en la que cada una de ellas lo hace. En ocasiones, algunas enseñan que sólo ellas nos aman.Lo paradójico es que esta exclusividad termina haciéndonos creer que la vida se parece a un campo de batalla constante donde sólo hay un refugio.

Un adolescente aparentaba ser muy despiadado. En el colegio era indisciplinado, y “altanero”; en la casa exigente y duro con el hermano menor a quien le gritaba “No sea bobo, madure, no se deje de nadie”. Y, únicamente, con la madre colaborador y noble.

Ella decía con dolor, a mi chinito no hay quién lo maneje, no tiene ni Dios ni ley. ¿Será que lo mejor es que yo deje de trabajar para ayudarlo?

¡Difícil situación! Si renunciaba al trabajo ponía en peligro la economía de su familia, la hermana abandonaría el estudio y ella misma ponía en peligro su pensión, pero suponía que su presencia era lo único que podía transformarlo.

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón se ocultaban otros sentires. Quería que el muchacho al darse cuenta de las terribles consecuencias que su comportamiento había traído sufriera mucho y entonces cambiara.

Las dos caras de su solución tenían un denominador común: ella era el único amor incondicional que él tenía.

Las incógnitas saltaban a la vista: ¿podría él construir solidaridad en sus relaciones si su madre era el único bastión? ¿Valdría la pena renunciar al trabajo para castigarlo por su propio bien? Además, al hacerle sentir culpa se estaría confirmando que era tan inmanejable, tan incapaz de amar y de ser grato que hasta a su propia madre le hacía daño.

La salida amorosa era por otro lado transformar la creencia de que vivir es no dejarse de nadie, y era una opción urgente. Para ello había que conectar su vulnerabilidad y conversar sobre su miedo más profundo, aquel de que la vida fuera una batalla donde él estaba solo contra el mundo.

Y en ese momento, recibir no sólo de su madre, sino también de su familia y mejor aún de sus profesores y compañeros, un abrazo que le contara que él merecía el cuidado, el aprecio, el amor y que para eso había nacido.

 

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