Nación insostenible

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Cada asesinato de un joven inerme demuestra cuán lejos estamos de ser una nación legítima o viable. Porque las masacres de las últimas semanas —al igual que las muertes atroces de líderes indígenas, campesinos o excombatientes que apostaron a la paz, la más reciente paz anhelada y suscrita— constituyen bofetada tras bofetada a las pretensiones de gobernar cualquier territorio: sin superar las guerras de aniquilamiento de civiles, el desplazamiento forzado o la colonización armada, la idea de país carece de asidero. Y con ello, claro está, la de gobierno, cada vez más ficcional. Pero el problema no es “una idea de país”, imposible de suplir con la adicción del mercadeo a los mundos abstractos, sino la práctica de un país, basada en el ejercicio cotidiano y persistente de la Constitución y las leyes, el respeto a los acuerdos, la confianza institucional. Nada de eso es posible en un territorio que parece creer, incluso avalar, que la conquista quedó mal hecha.

Los avances del narcotráfico y la minería ilegal son tolerados en tierras llenas de cómplices, para quienes ni ríos ni bosques ni gentes significan nada. En medio de las ejecuciones, que parecen paisaje, la pandemia encierra y nos hace debatir como el perro mordiéndose la cola, si compramos más UCI para poder salir a trabajar, si trabajamos para comprar más UCI. ¿Cómo continuar, si la juventud muere de un disparo en el rostro y no de peste? ¿Cómo pretender que el aparato productivo se mantenga si hay que cerrar los ojos todos los días para llorar colombianos asesinados por la conquista mafiosa?

En el barrio escucho gente que incita a morirse a las jubiladas que siembran flores, porque limitan el espacio de juego de sus feroces perros, que cagan, mean y empulgan el mundo de los niños que dicen querer proteger. Un joven rescata árboles que el confinamiento hizo crecer en los jardines descuidados y, tan rebelde como ellos, los “siembra” en medio del parque, en un simulacro de guerra ambiental desolador. Nada prospera. Entretanto, los indigentes desarman cualquier aspiración de reciclaje: sus hambres les hacen volcar las canecas sobre el pasto cada día, aunque ninguno quiere recibir comida, necesitan otras cosas. Pasan dos motos, una de atracadores que en pleno día cortan con machete la mano de un dentista que fuma en sudadera en el portal de su casa, detrás la otra, de chalecos fluorescentes, que lanzan la máquina por encima de las cobijas rucias de uno que duerme en un portal, para levantarlo. El espacio público no existe, otros gobiernan.

Imposible discutir en ese contexto si la economía debería ser circular, si la recuperación debe ser verde, si son posibles otras posibilidades. Imposible controvertir sobre las minerías, la transición energética, el ecourbanismo, la agroecología, el emprendimiento o el papel ambiental de nadie. Imposible reflexionar: hay días en que la única opción parece ser que todo pare, antes de que el absurdo culmine con su proyecto avasallador. Un mensaje que debería venir de los más poderosos, pues sin ello y sin ellos no hay condolencia suficiente que pueda darse a los compañeros awá, a las familias de Llano Verde, de Samaniego, de cada lugar o pueblo vulnerado. Mientras no exijan la suspensión de la pena de muerte y el fin de la conquista, poco sentido tiene hablar de sostenibilidad. Ni de nación.

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