Por: Eduardo Barajas Sandoval

Nada de migajas para los débiles

Un gobernante no es mejor porque repita cifras de memoria.

Tampoco porque se la pase comparando el estado de su nación con el de tiempos pasados, pisoteando sin piedad a antecesores que no pueden defenderse porque su oportunidad ya se fue. Y mucho menos porque se crea dueño de la verdad, pontífice de la única interpretación válida de la historia y maestro de la mejor forma de gobernar.

Gobernantes sin arrogancia de pronto pueden dar lecciones más edificantes que los guerreros de toda hora, que profundizan las divisiones de su respectiva patria, sin dar campo para que todos se sientan bajo un alero común, con opciones de reconciliación, y sin advertir que su legado resulta nocivo, porque los excluidos no son tontos y buscarán nuevos caminos hacia la armonía deseable en cualquier proyecto de nación.

Al instalar el Foro Mundial Urbano, Luiz Inacio Lula da Silva advirtió que el primer deber de un gobernante es defender a los más débiles. Entrenado ya en el ejercicio del poder, a punta de buen juicio y experiencia, sacó sus reflejos de estadista y en lugar de repetir cifras, con las que otros buscan impresionar al auditorio para hacer pensar que les cabe el país en la cabeza, hizo unas cuantas reflexiones de buen gobierno y prefirió referirse a las ideas que han animado su gestión como presidente, sin dárselas de sabelotodo y sin tratar de pontificar haciendo frases de aquellas que más tarde conducen a contradicciones. Allí apareció su compromiso social, que no riñe con un desarrollo empresarial pujante y con una visión internacional que ubica a su país adecuadamente en un mundo en el que hay que saber navegar en una economía tormentosa.

Como ya se acerca el fin de su segundo mandato, sin que se le pase por la cabeza pensar en un tercero, pudo referirse a las transformaciones que ha impulsado en el Brasil. Advirtió que no es de buenos caballeros políticos criticar a sus antecesores, porque esto le hace daño a la sociedad, que lo que espera es ejemplo de espíritu constructivo. En cambio, para probar al menos uno de sus resultados, invitó a que los visitantes le dieran una mirada al estado de las ciudades brasileñas, a cuyo desarrollo dedicó un ministerio y a cuya transformación destinó recursos y esfuerzos conforme a una idea de bienestar para todos y no de apertura de nuevos escenarios de disfrute para unos pocos.

Los retos del Brasil no son pequeños. Las proporciones del país son enormes. Otro tanto son las de sus problemas. Las ciudades, que son el escenario real de una u otra calidad de vida, muestran signos de progreso no sólo en la medida que el paisaje urbano mejora gracias a la construcción y los esfuerzos de reordenamiento, sino gracias a los programas de transformación física y social de los sectores deprimidos, para cuyo manejo no ha aparecido aún una fórmula salvadora, por lo cual llamó a compartir experiencias de manejo de la marginalidad con los representantes de países como Colombia, que se supone deben tener credenciales presentables en la materia.

Sin duda en el Brasil falta mucho para lograr la derrota de la pobreza, pero afortunadamente es ostensible la voluntad colectiva de salir adelante y convertirse en una potencia, se supone que pacífica, en el escenario del Siglo XXI. Tanto el Estado como la sociedad están listos a afrontar el desafío. En el caso del primero porque los gobernantes han predicado sin pausa la inclusión y no la segregación, y han puesto su interés y sus recursos al servicio de ese propósito. En el caso de la segunda porque en un país en el que todos los ciudadanos circulan lo mismo de orgullosos en el espacio público, ya han superado ese clima de segregación que en otros países de América Latina hace que los negros lleguen a ser ministros sólo cuando los gringos lo exigen, pero tienen las puertas cerradas para que se queden por fuera de todo, junto con los indígenas y otros tantos a quienes una sociedad anacrónica, provincial y elitista, no ha sido capaz de incorporar a un proyecto nacional verdaderamente democrático.

Sería bueno saber qué piensan de todo esto quienes, al disputarse la presidencia de Colombia, estiman que uno de los más preciados bienes de la nación, que prometen preservar con celo extremo, es el legado de una interpretación de la vida política y del ejercicio del poder del Estado que concibe un país dividido entre los que apoyan al gobierno y los que a él se oponen, con el riesgo evidente de ser considerados traidores de la patria, que piensa que es urgente atraer inversionistas foráneos para que se enriquezcan a sus anchas y que entiende la cohesión social bajo un modelo que consiste en darles plata a los ricos, que son los que la merecen, porque ellos son quienes después dejan caer unas migajas a los pobres.

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