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hace 2 horas
Por: Sorayda Peguero

Nada de nada

Violeta Parra decía que llevar paraguas era “como andar con la casa al hombro”. Cuando llovía, prefería que la lluvia la bañara, que la dejara como recién salida del mar. Uno se la imagina así, con la mirada de loba, el pelo largo enredado, una bulla colosal agitándole el pecho y una tristeza de criatura que no es de este mundo. Cantante, compositora, folclorista, ceramista, pintora, bordadora, poeta. “Toda mi vida fui muy sola, por eso me he metido en tanto camino”, decía. Y bordaba canciones, y las cantaba con la voluntad de un pájaro orgulloso de su suerte: “Yo soy un pajarito que puedo subirme en el hombro de cada ser humano, y cantarle y trinarle con las alitas abiertas, cerca muy cerca de su alma”.

Los versos de Violeta Parra son una crónica detallada de su vida y de su tiempo. Su necesidad de contar cantando era superior a cualquier otro estímulo. En 1953, animada por el poeta Nicanor Parra —su hermano mayor—, emprendió una cruzada por algunos pueblos de Chile con el propósito de rescatar canciones y leyendas dormidas en las lenguas de los viejos. Se convirtió en una desenterradora de tesoros intangibles. Recorrió su Ñuble natal, la zona central de Chile y las islas de Chiloé. Supo encontrar las piezas de una memoria ancestral relegada al olvido. “(…) Los esfuerzos de Violeta para llevar adelante sus investigaciones no encontraron apoyo material ni aliento espiritual en los organizadores de la cultura oficial —escribió el poeta cubano Víctor Casaus—. A cuaderno limpio, sin grabadora ni transporte propios, sin infraestructura en qué apoyar todo el trabajo, recogió textos perdidos, músicas casi olvidadas, costumbres populares refugiadas en familias y regiones”.

En 1953, en la Comuna de Barrancas (Santiago, Chile), Violeta Parra recogió su primera canción. La aprendió de Rosa Lorca, una mujer morena, alta y gorda, que curaba el empacho, santiguaba y pronunciaba palabras “especiales” que atraían la buena suerte y espantaban al mismísimo demonio. La cantautora se inspiró en el folclor popular para definir su estilo. Ese mismo año compuso Casamiento de negros y Qué pena siente el alma. En 1954, Radio Chilena la invitó a participar en un programa semanal de música folclórica: Canta Violeta Parra. Ricardo García, guionista y conductor del programa, recordaba su primera visita a la radio: “Aparecía con una vestimenta muy modesta, muy simple, de oscuro, con el pelo suelto, con un rostro picado de viruelas y una manera de mirar entre agresiva y tierna”.

Su cara fea reflejada en un anillo imaginario. Su cara fea surcada por dos lágrimas profundas. Su cara fea mirándola desde un espejo manchado de moho. Lo repetía en sus cartas, en sus décimas: Mi cara fea. Mi cara fea. Mi cara fea. Una y otra vez. Las marcas de viruela, que se asentaron en su piel cuando era niña, le provocaban rechazo. “Aquí principian mis penas, / lo digo con gran tristeza, / me sobrenombran “maleza” / porque parezco un espanto. / Si me acercaba yo un tanto, / miraban como centellas, / diciendo que no soy bella / ni pa remedio un poquito. / La peste es un gran delito / para quien lleva su huella”.

Una vez le preguntaron si tenía una preferencia: cantar, hacer tapices, pintar. “Eso depende de los días —respondió—. Algunos días no hago nada con la guitarra, nada con la tapicería, no hago nada de nada, ni barro siquiera, no quiero ver nada de nada. Entonces pongo la cama delante de la puerta y me voy… Estoy triste porque siento que no he podido transmitir la vida en mi trabajo: la vida es más fuerte que un cuadro”.

Uno se la imagina así. Uno de esos días raros. Sin pinturas, sin barro, sin hilos, sin guitarra. Sin nada de nada. La mirada de loba afligida, el pelo largo enredado, un silencio implacable atravesado en su pecho. El revólver en sus manos. El estallido de un tiro. El espanto de los pájaros. Y Violeta que se va.

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