Por: Jaime Arocha

Naranja jecha

Otro emprendimiento cultural con el cual sueñan los afrochocoanos gira alrededor de la botánica. De los 29 proyectos que consejos comunitarios, instituciones educativas y alcaldías le presentaron a la convocatoria 2017 del Programa Nacional de Concertación Cultural, la tercera parte se refiere al rescate y conservación de plantas útiles para la alimentación o la sanación de las personas. Uno de los riesgos más protuberantes que enfrentan arbustos y matas consiste en el ascenso de las retroexcavadoras por los cauces de los ríos para llevar la minería del oro y del platino a riberas interioranas intocadas. Antes de que puedan entrar las orugas, es necesario meterles motosierras a los árboles del bosque húmedo. Luego, remover la capa vegetal disparando chorros de agua mediante bombas de alto poder. Como siempre han estado entreveradas con las selvas tropicales, las áreas de cultivo son objeto de ecocidios comparables. La desaparición de las cosechas tradicionales ya no es cosa de pitonisas, sino de constatación diaria, la cual también involucra los peces contaminados con el mercurio aplicado para separar el oro de la jagua. El otro riesgo es la desaparición del conocimiento sobre las clases de hojas y tallos, la manera de cultivarlos y aprovechar sus cualidades nutricionales y curativas. Diversas escuelas, incluidas las agropecuarias, pretenden llenar los vacíos de relevo generacional causados por el conflicto armado, la sustitución de yuca y plátano por coca y la consecuente disponibilidad de efectivo.

En su libro De río en río, Alfredo Molano escribe con dolor que a los paimadoseños del río Quito, afluente del Atrato, poco les importan semejantes cambios. Ahora con el oro compran bocachico vietnamita y carne argentina. Yo añado, arroz ecuatoriano y plátano risaraldense. También aspirina y penicilina, en vez de infusiones preparadas con distintas albahacas. Así, van dejando de ser afro-rioquiteños. La gente es lo que se mete a la boca por aquello que nos ha enseñado Esther Sánchez, la connotada antropóloga de la alimentación: a la masa —receta—, le da contexto la mesa —y los bellos anaqueles de las cocinas atrateñas—, la misa o sea el ritual de comer y hablar, y la musa —el simbolismo de lo que uno come, incluido el de las conmemoraciones patronales—. En Raspadura, cuenca del río San Juan, participé en la celebración de la fiesta del Santo Ecce Homo, con escasez de pasteles, arroces atollados y tapaos de pescado, pero abundante en nuguets de pollo, hamburguesas, perros calientes y popcorn, mas no crispetas, chatarras todas que no se disfrutan sentados en casa, sino en bancos de plaza o “paraito nara más”.

Uno se regocija porque la Corte Constitucional le haya reconocido derechos a la cuenca del río Atrato, y puesto plazos perentorios para que el ejecutivo termine con la minería ilegal de retroexcavadoras, dragones y aplicación del mercurio para separar el oro. Ojalá haya sentencias comparables para todos los ríos del país y se ponga fin a una maquinaria que hasta borró los cauces originales, así como a ese envenenamiento que causa el metal separador. Sin embargo, quedan las preguntas por reparaciones mucho más complejas. Dependen de los daños culturales causados, cuya mayor incidencia consiste en identidades individuales y colectivas, irrecuperables así el Estado apoye el surgimiento de industrias culturales exitosas.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Jaime Arocha