Por: Santiago Gamboa

Naranjo, México, paz

Conocí a Óscar Naranjo a fines del siglo XX, exactamente en abril de 1999. En ese entonces era director de Inteligencia de la Policía.

La historia de por qué lo conocí se remonta al inicio de ese mismo año, cuando el general Rosso José Serrano coincidió con García Márquez en una cena y le contó anécdotas de las capturas de los seis jefes del cartel de Cali. “Debes escribir un libro”, le dijo García Márquez. “Escríbelo tú”, respondió Serrano. Una semana después me llamaron. El libro sería una memoria en primera persona de Serrano y García Márquez haría la edición.

Yo iba a ser el ghost writer.

Y así se hizo (el libro, tal vez algunos lo recuerden, se publicó con el título de Jaque mate), y muy rápidamente me encontré en el despacho del entonces coronel Naranjo. Recuerdo la impresión que me causó: un tipo elegante, culto, refinado y cosmopolita. Una especie de James Bond colombiano. Naranjo llevaba 22 años en la Policía, siempre en labores de inteligencia, y junto con Serrano había cambiado completamente el esquema de lucha contra el narcotráfico.

Hace poco Naranjo fue nombrado en México por el nuevo presidente Peña Nieto como asesor para temas de narcotráfico. Y allá las críticas arrecian.

No sé —nadie puede saberlo— cuánto de sus éxitos pueda ser transferible a otro país. En la Policía colombiana, su carisma personal y liderazgo fue fundamental para lograr de sus agentes sacrificios y absoluta lealtad, algo que en México, por tratarse de un extranjero y por generar desconfianza en los rangos del Ejército —él es un policía— parece difícil. Supongo además que constitucionalmente no podrá dar órdenes directas a las fuerzas armadas mexicanas, aunque sí aconsejar y compartir sus experiencias con quienes puedan hacerlo.

Si bien comprendo las reticencias de algunos sectores políticos mexicanos, ya que esto implica que un extranjero esté cerca del tema más sensible de seguridad nacional de México, no comprendo las furibundas críticas: acusarlo de hacer el juego al cartel de Sinaloa (contra Los Zetas) o de ser un “infiltrado” de Estados Unidos —como he leído—, me parece injusto y, sobre todo, infundado. En Colombia, hasta la cúpula de las Farc desmentiría estas alocadas versiones.

Más bien pienso que es importante para México y Colombia estar alerta y abrir canales de lucha conjunta contra los carteles mexicanos, pues estos pasaron de ser intermediarios a apropiarse del negocio, y ya están en Colombia, muy cerca de las materias primas. En muchos casos la cocaína, en el puerto colombiano de Buenaventura, ya es mexicana.

Hay algo que se debe considerar: si el proceso de paz entre el Gobierno y las Farc llega a buen puerto y la guerrilla se desmoviliza, ¿quién controlará los espacios de cultivo de coca que hasta ahora maneja la guerrilla?, ¿quedarán en manos de facciones de las Farc renuentes a la probable desmovilización?, ¿trabajarán para los carteles mexicanos, que en algunos casos ya son sus aliados? Ese será el nuevo escenario transnacional de lucha. Ante estos retos impuestos por el salvaje capitalismo de la economía ilegal, la idea de una colaboración anticarteles desde México con la asesoría de Naranjo, gran conocedor del terreno y las circunstancias en las zonas de cultivo, no me parece nada descabellada.

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