Por: Carolina Sanín

Narciso cubano

Al tiempo que busca deconstruir los monumentos que fueron las piedras de toque de su educación cubana, la narradora de Nunca fui primera dama, la última novela de Wendy Guerra, construye un monumento al Yo:

 un yo demasiado consciente que se declara capaz de observarse desde todos los ángulos mientras se proclama como el símbolo de su sociedad. A lo largo de la novela, el verbo ser se conjuga en primera persona con cuantos objetos cabe imaginar (“Eso soy: imagen y sonido, rebelde, tropical, socialista, surrealista, hiperrealista”). Al cabo de las conjugaciones, el lector queda con la sensación de que la autora ha parafraseado sin cesar el título de la película propagandística de Kalatozov: Soy Cuba.

La serie de poses que la primera persona hace en el espejo (y que el espejo le devuelve en forma de halagos, por ejemplo en la voz de un corresponsal que le dice: “¿Por qué eres tan femenina, tan coqueta, tan hermosa y, a la vez, tan firme y tenaz?”) no logran opacar, sin embargo, la seductora fuerza literaria del texto. Es admirable la organicidad de su estructura, construida con pasajes muy cortos conectados sutilmente. La narración se pasea por todos los géneros y experimenta triunfalmente con ellos. El guión de radio da paso al relato autobiográfico y la introspección se deslíe en el intercambio a través de la inserción de cartas. Interpolados dentro de la autobiografía, el lector encuentra buenos poemas, comentarios culturales, testimonios de diversos matices, e incluso la síntesis de un intrigante proyecto de novela sobre la revolucionaria Celia Sánchez.

Nunca fui primera dama hace pensar en otras obras cubanas recientes que parecen insistir en demostrar, a través de la autobiografía, la singularidad (¿cierta superioridad?) de la experiencia cubana. Pero también remite a los grandes tópicos de la historia literaria de la isla. En el estilo de Guerra participan el barroquismo de Carpentier y de Sarduy, así como la compulsión por el juego lingüístico de Cabrera Infante. La novela explora, en la estela de José Lezama Lima, la formación del individuo aislado, isleño. En su tratamiento de los misterios de la filiación y en su observación de la amenaza del incesto, evoca el clásico Cecilia Valdez. A mí me hizo recordar especialmente el último verso del poema de Lezama La muerte de Narciso, en donde el deseo de fuga se resuelve a través del enamoramiento de sí mismo: Así el espejo averiguó callado, así Narciso en Pleamar fugó sin alas.

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