Por: Hugo Chaparro Valderrama

Narciso en el infierno

Colombia: geografía de los paranoicos, del miedo que escucha las balas, de una guerra reciclada por la insolencia política y su visión del país considerado como club social, donde aquellos que no son emblemas de su espectáculo económico, televisivo o pop, después de limpiar la piscina o cepillar los caballos tienen que regresar a sus casas, a la condición que hace de ellos los extras de la foto donde los otros sonríen.

Una violencia sin tregua que descubre sus miserias en el cine y en su intento por hallar nuevas formas para recrear nuestra larga historia de matanzas.

Yo soy otro (Campo, 2008), honra la tradición, quiere renovarla y se convierte en un film de tesis, en un ensayo ilustrado con imágenes acerca del caos generalizado. Sus parlamentos, que analizan y enjuician, recuerdan al cine que se filmó como un hábito hecho vicio en Latinoamérica durante los años 60 y 70. Después de agotar la fórmula, los guionistas se interesaron por los individuos y por su intimidad, vistos de manera cotidiana, olvidando las proclamas y el tono de sentencias definitivas acerca de una realidad filmada con la cámara hecha estilógrafo para escribir sociología. Yo soy otro sitúa a su director entre el antes y el después de su evolución.

Con un tono fantástico modelo Invasion of the Body Snatchers (Siegel, 1956) o The Andromeda Strain (Wise, 1974), Yo soy otro sugiere la amenaza de una enfermedad que maltrata el cuerpo de sus víctimas y, por extensión, del cuerpo social que sobrevive en Colombia. El tema no es ajeno a los documentales de Oscar Campo, notables por su autenticidad para enseñar la incertidumbre como pesadilla.

Un ángel subterráneo (1992), El proyecto del diablo (1999) o Tiempo de miedo (2001), marcan tanto la cercanía como la distancia con su primer largometraje argumental. Percibimos al realizador que siempre se ha interesado por la factura visual de sus películas, por temas que pueden ser angustiantes pero soportables gracias a su estética cinematográfica, con un registro diferente cuando cruza el umbral de la ficción según la crónica diaria del horror –no en vano la alternancia entre imágenes documentales, contrastantes con el delirio del relato.

El mito de Narciso, monstruoso cuando un oficinista se descubre reflejado en los otros que podría ser si tuviera alguno de los oficios que permite la violencia colombiana: paramilitar, guerrillero, político. Un personaje deformado por la tragedia local y por el aire enrarecido de su condición. A su alrededor, los dobles que inventa su conciencia, la ciudad como un laberinto riesgoso, crean un entorno donde los parlamentos evitan el tono coloquial y se empeñan en un compendio rígidamente literario de alegatos y denuncias.

Todo está al servicio de la lógica impuesta a los personajes por el director, el verdadero protagonista de la trama, quien conduce sus reflexiones y se hace evidente tras la cámara, en la escritura del guión, en el diseño visual de la película, recordándonos su presencia ineludible.

Insistente en reiterar el terror que nos agobia, el cine colombiano busca de manera infatigable la forma tal vez más adecuada de expresar nuestra violencia. Yo soy otro es una nueva pieza del rompecabezas que quiere ser original y sugestiva. Define la ansiedad por esa búsqueda que todavía no concluye y continúa experimentando.

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