Por: Ana María Cano Posada

Narcocorrido

ES UN CUADRO DE COSTUMBRES. ESTÁ desplegada en él la manera de ser que ha impuesto en Colombia un dominio de lo ilícito.

No se trata de una reconstrucción histórica ni de un documental con la fidelidad y el análisis de investigadores académicos, ni es una mirada penetrante que nos permita comprender nuestra realidad. Apenas es una recomposición hecha por los propios protagonistas, a partir de confesiones y ficciones que ahora han salido a la luz pública para componer los hechos y la vida a su manera. 

La serie de televisión El cartel, hecha por Caracol Televisión sobre el libro del narcotraficante Andrés López López, El cartel de los sapos, en dos semanas al aire ha levantado una oleada de indignación, la misma que acompaña siempre a las versiones no oficiales de lo que nos pasa.

Ocurrió con La Virgen de los Sicarios, con Sin tetas no hay paraíso y con otras obras que lograron escandalizarnos como primera reacción del malestar que produce ver en secuencia cómo actúan los que no ponen límite a su ambición ni a sus instintos, captarlos en escena en la ficción que reconstruye este mundo paralelo. Personajes que trenzan una descomunal red de relaciones de dominación, de traición y de disuasión en esta corte del reino del poder y la riqueza conseguidos a sangre y fuego.

Coinciden al aire El cartel con Los protegidos, del Canal RCN. En ella otra luz ilumina el mismo tema del narcotráfico: la del programa de protección a testigos de la Fiscalía, donde a cambio de información sobre la delincuencia buscan enderezar la vida de una familia normal entregada a la plata fácil. Este ángulo legal contrasta ambas series.

En El cartel opera una lógica aparte. En los actores brinca a la vista y al oído un desencajado estilo que corresponde a la alevosía de la plata y el plomo. El lenguaje que cruzan está hecho de claves, de adjetivos casi visuales acuñados a presión y de verbos inéditos de los malhablados que tienen sobrenombres que los definen y reducen a una condición. La arquitectura, los vestidos, los objetos, los adornos, los brillos, expresan su proclividad al exceso. Su trato confianzudo, invasivo entre los hombres y de abusivo maltrato con las mujeres tiene el sello posesivo: tener y controlar todo. Particulares códigos de conducta cuyo dictado no tiene atribución, pero que son acatados sin reserva.

Esta serie de El cartel no convence a muchos, entre ellos al general Naranjo, director de la Policía, quien señala el sesgo de vecindad entre el delito y sus perseguidores lícitos. La historia se remonta a la división criminal entre el Valle y Medellín, a la captura de Pablo Escobar muerto, al narcoterrorismo, al paramilitarismo, a las nuevas violencias. Es un hecho que de nuestra reciente herida tenemos que ocuparnos muchas veces, de formas y ángulos opuestos. Si produce disgusto y pasmo, si induce a la necesidad de hablar del tema, la serie cumple una función de airear lo que atraganta, abre la puerta de masacres, víctimas, desplazados y confesiones, que también saldrán a la luz. Si cada día soportamos la carga de desconcierto de la información, requerimos más elaboración de conjunto para entender la dimensión de lo que vivimos.

Ya ha crecido una generación en el designio de ser productores y comercializadores de droga, un territorio del tráfico de armas: la mitad de colombianos no recuerda algo distinto de los nombres con alias que habitan el acontecer. Lo que era en los años 70 un contrabando, un asunto marginal, fue adquiriendo un tamaño, un peso que cruzó en su avance a todas las estructuras de este país. Es un poder paralelo, una economía, un territorio y un estigma. Conviene ahondar con unos guiones y unas actuaciones que reproduzcan en detalle la grotesca lógica del narcocorrido entronizado. Una vez y otra vez volver sobre lo mismo.

 

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