Por: Gustavo Páez Escobar

Nariño: prócer olvidado

El próximo 13 de diciembre se cumplen 190 años del fallecimiento en Villa de Leiva del gran Precursor de nuestra Independencia, Antonio Nariño.

 Con tal motivo, la Academia Patriótica Antonio Nariño, presidida por Antonio Cacua Prada, y de la cual es vicepresidente Eduardo Durán Gómez, realizará el mismo 13 de diciembre, en la casa hacienda El Cedro, de Bogotá, un acto conmemorativo de la muerte del prócer.

Por otra parte, la revista Semana, asociada con la Gobernación de Cundinamarca y el Banco de Bogotá, ha elaborado una edición especial de 130 páginas para celebrar los 200 años de la independencia de Cundinamarca, donde el actor principal es Antonio Nariño. Duele decir que su nombre, que tanta participación tuvo en la gesta emancipadora de la corona española, y tantos presidios y dolores sufrió por la causa de la libertad, se encuentra opacado en nuestros días.

Poco es lo que a las nuevas generaciones les dice hoy la figura de Nariño, y de ahí la importancia de los dos sucesos antes mencionados. El hombre contemporáneo se ha desentendido en tal forma de la historia que configuró nuestro carácter republicano, que le cuesta trabajo identificar a los próceres del pasado. Con dificultad distingue a Bolívar y Santander, y de ahí en adelante surge una enorme nebulosa.

Ignora, por ejemplo, que la Casa de Nariño, o Palacio de Nariño, donde reside el Presidente de Colombia, y es la sede del Gobierno nacional, se construyó en el terreno que ocupó la casa natal del héroe. Y se le dio su nombre para recuerdo de los tiempos futuros. Sin embargo, semejante tributo ha dejado de tener significación en los días actuales, por deplorable olvido de la Historia, que ni se enseña en los centros educativos, ocupados a veces en afanes baladíes, ni ejerce su papel de maestra y orientadora de la vida social del país.

Antonio Nariño nació en Santafé de Bogotá en 1765. Pertenecía a una de las más distinguidas y acaudaladas familias santafereñas. En tal condición, hubiera sido uno de los hombres más prósperos de la época. De hecho, fue notable su éxito en la vida de los negocios. Pero él era más de estudio e ideas que atado al dinero. Como persona ilustrada, bien pronto se identificó con los líderes de la Revolución Francesa. A su biblioteca llegaron los libros de Voltaire y otros pensadores franceses.

En 1794 utilizó su imprenta Patriótica para imprimir y difundir la Declaración universal de los derechos del hombre y el ciudadano, que él mismo había traducido del francés. Por este hecho, considerado un delito, fue condenado a diez años de cárcel. Además, se le confiscaron todos sus bienes y fue desterrado a perpetuidad de la Nueva Granada. Tres veces recibió condenas penitenciarias. Buena parte de su vida la pasó en la cárcel. Lograba escapar, pero más tarde era aprehendido.

Nunca desistió de sus ideas, y siempre chocaba contra obstáculos poderosos: tanto los provenientes de las autoridades españolas, como los infligidos por contradictores de sus causas patrióticas. En 1814 realizó ante el Congreso una defensa magistral de su posición ideológica, hecho que acrecentó su fama de estadista.

Agotado por esa racha de adversidades, sus últimos días los pasa en Villa de Leiva. Allí ha ido a buscar reposo y la cura de su salud. Aparentaba veinte años más de los que tenía. Tres meses después de su llegada a la población boyacense, muere a la edad de 58 años, el 13 de diciembre de 1823. Sobre él dice Indalecio Liévano Aguirre que “personifica los valores auténticos de la nacionalidad, porque nadie como él los encarna con mayor grandeza”.

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