Por: Juan David Correa Ulloa

Narrar

Hubo, seguramente, un Steve Ratliff y un Stephen Stevensen en la vida de Ricardo Piglia. O quizá lo hubo en la ficción de Piglia, el célebre autor de Plata quemada.

Esos dos nombres acaso no le digan mucho a nadie. Acaso, como ocurre con tantos personajes de ficción, son parte de la vida real de sus autores, pero una vez reflejados en el texto, son de otra materia. Prisión perpetua, el más reciente libro de Piglia, está compuesto por dos relatos, o textos, no lo sé, que indagan en la idea del acto de narrar, para dar cuenta de la posibilidad de ser otro a la hora de escribir.

Confieso que Piglia me parece por momentos un escritor demasiado intelectual. Con ello quiero decir que sus ficciones siempre están atravesadas por reflexiones metaliterarias que son más de la teoría o la crítica que de la propia literatura. No obstante, en este libro, el argentino, nacido en Adrogué en 1940, me sorprendió por su capacidad de dar cabida a varios géneros en dos cortas novelas, o cuentos largos. Insisto en que no lo sé porque muchas veces Piglia no aguanta clasificaciones. Lo interesante de esa hibridez es que en este libro es muy lograda.

En el primero de los textos, Prisión perpetua, una especie de relato autobiográfico en el que el mismo Piglia viaja con su familia a Mar del Plata después de abandonar Buenos Aires debido a persecuciones políticas en contra de su peronista padre, el narrador confiesa cómo y gracias a quién comenzó a contar historias.

El relato es la memoria del escritor, pero también es la de Steve Ratliff, un escritor estadounidense que migró a la Argentina por el amor de una mujer loca. Ratliff es el padre literario del narrador. Ratliff, al menos veinte años mayor, ganó fama por un relato publicado en los años cincuenta en la revista Story, y se ha empeñado en escribir una novela total, que será borrada por el tiempo. Es, además, un tipo convencido de que todo escritor vive en una prisión perpetua, de que un narrador siempre quiere fijar “en el recuerdo un detalle y detiene por un instante en el fluir de la vida para apresar, en ese instante fugaz, toda la verdad”.

Pero si Ratliff vive para narrar, el personaje del segundo cuento, Encuentro en Saint-Nazaire, Stephen Stevensen, va más allá: ha descubierto el poder profético de la escritura y se lanza a la aventura de escribir con detalle aquello que ocurrirá en el futuro. Por ello, el Piglia de este relato, que ha conseguido una residencia temporal en la Maison des écrivains étrangers de ese pueblo de la Bretaña, es narrador y personaje.

Como si se tratara de un títere, Piglia es el futuro de Stevensen y cuando se da cuenta, es demasiado tarde: el escritor desaparece para siempre dejándole solamente un diccionario de palabras azarosas y un fragmento de diario en el que Piglia se da cuenta de los oscuros poderes de la escritura.

Piglia consigue en estos dos relatos mezclar todos los géneros, pasar personajes de uno al otro, convencernos de que la ficción no acaba donde comienza la realidad, sino que la realidad es una ficción. Y gracias a una voz sencilla, en la que no hay afanes teóricos, sino un homenaje a su pasado, a dos escritores que quisieron sólo contar historias, para después perderse en el abismo de los tiempos, uno siente que está ante un libro que vale la pena.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Correa Ulloa

El reino

Expiación

La torre de Pisa

Volver

Contar el pasado