Por: Joseph E. Stiglitz

Narrativa griega sobre moralidad

Cuando la crisis del euro comenzó, los economistas keynesianos predijeron que la austeridad que se imponía a Grecia y a los demás países en crisis sería un fracaso, que ahogaría el crecimiento y aumentaría el desempleo.

Otros economistas hablaron de contracciones expansivas. Pero incluso el FMI sostuvo que las contracciones, como los recortes en el gasto público, eran solamente eso: políticas contractivas.

Nosotros ya casi no necesitábamos de una evidencia probatoria adicional. La austeridad había fallado de manera repetitiva: desde cuando se la usó durante la administración del presidente Herbert Hoover —en dicha ocasión, la austeridad convirtió un desplome del mercado bursátil en la Gran Depresión— hasta cuando se la impuso en la forma de “programas” del FMI implementados en el este de Asia y en América Latina. Y, a pesar de todo, cuando Grecia se metió en problemas, de nuevo se intentó usarla.

En la mayor parte, Grecia siguió las medidas dictadas por la “troika” (la Comisión Europea, el BCE y el FMI): convirtió un déficit presupuestario primario en un superávit primario. Sin embargo la contracción del gasto público ha sido devastadora: 25% de desempleo, una caída del 22% en el PIB desde el año 2009 y un aumento del 35% en la relación deuda-PIB. Y ahora, con la victoria en las elecciones de Syriza, el partido antiausteridad, los votantes griegos han declarado que se hartaron de la situación.

¿Qué se debe hacer? Seamos claros: se podría culpar a Grecia por sus problemas si fuera el único país donde la medicina de la troika hubiese sido un completo fracaso. Sin embargo, España tenía un superávit y un ratio bajo de deuda antes de la crisis, y también se encuentra en una depresión. No es tan necesaria una reforma estructural dentro de Grecia y España, sino un diseño de la Eurozona y un replanteamiento de los fundamentos de las políticas que han llevado al mal desempeño de la unión monetaria.

Grecia también nos ha recordado la magnitud de la necesidad que tiene el mundo en cuanto a contar con un marco de reestructuración de la deuda. La deuda excesiva no causó la crisis del año 2008, sino que también causó la crisis del este de Asia en la década del 90 y la crisis de América Latina en la del 80. Hoy continúa causando sufrimientos en EE.UU., donde millones de propietarios han perdido sus hogares, y la deuda amenaza a millones de personas en Polonia y en otros lugares a consecuencia de que pactaron préstamos en francos suizos.

Si se toma en cuenta la cantidad de angustia que provoca la deuda excesiva, uno podría preguntarse por qué las personas y los países se han puesto en dicha situación. Al fin de cuentas, esas deudas son contratos —es decir, acuerdos voluntarios—, así que los acreedores son tan responsables de ellas como lo son los deudores. De hecho, podría decirse que los acreedores son aún más responsables: por lo general, estos acreedores son instituciones financieras sofisticadas, mientras que los prestatarios están en mucha menor sintonía con las vicisitudes del mercado. De hecho, sabemos que los bancos estadounidenses en realidad se aprovechaban de sus prestatarios, usufructuando su falta de sofisticación financiera.

Cada país (avanzado) se ha dado cuenta de que para hacer funcionar el capitalismo se requiere otorgar a las personas un nuevo comienzo. Las prisiones de deudores del siglo XIX fueron un fracaso. Lo que sí ayudó fue brindar mejores incentivos para que realicen buenos créditos; esto se logró al hacer que los acreedores sean más responsables de las consecuencias de sus decisiones.

A nivel internacional, todavía no hemos creado un proceso ordenado para otorgar a los países un nuevo comienzo. Incluso desde antes de la crisis de 2008, las Naciones Unidas, con el apoyo de casi todos los países, ha estado tratando de crear un marco de este tipo. Pero EE.UU. se ha opuesto; tal vez quiere volver a instituir las prisiones de deudores para encarcelar a las autoridades de los países excesivamente endeudados.

La idea de restablecer las prisiones de deudores puede parecer descabellada, pero va en sintonía con las actuales ideas sobre riesgo moral y responsabilidad. Existe el temor de que si a Grecia se le permite reestructurar su deuda, se meterá nuevamente en problemas, como ocurrirá con otros. Dichos temores son un disparate. ¿Alguien en su sano juicio cree que algún país estaría dispuesto a atravesar voluntariamente lo que Grecia ha tenido que atravesar, sólo por conseguir ventajas de sus acreedores? Si existiese un riesgo moral estaría relacionado con los prestamistas, quienes han sido rescatados en repetidas ocasiones. Si Europa ha permitido que estas deudas se desplacen desde el sector privado al sector público es Europa, no Grecia, la que debe soportar las consecuencias. La difícil situación actual de Grecia, incluyendo el enorme aumento del ratio de deuda, se debe en gran parte a los programas mal guiados que la troika ha impuesto a este país.

Por lo tanto, lo que es “inmoral” no es la reestructuración de la deuda, sino la ausencia de dicha reestructuración. No hay nada particularmente especial en lo que se refiere a los dilemas que Grecia enfrenta hoy en día; muchos países han estado en la misma posición. Lo que hace que los problemas de Grecia sean más difíciles de abordar es la estructura de la Eurozona: la unión monetaria implica que los estados miembros no pueden devaluar su moneda con el objetivo de salir de sus problemas; sin embargo, el mínimo de solidaridad europea que debe acompañar a esta pérdida de flexibilidad en cuanto a la aplicación de políticas simplemente no está presente.

Hace 70 años, al final de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados reconocieron que debían brindar un nuevo comienzo a Alemania. Entendieron que el ascenso de Hitler tuvo mucho que ver con el desempleo (no con la inflación) que sobrevino a consecuencia de que a finales de la Primera Guerra Mundial se impuso más deuda sobre los hombros de Alemania. Los Aliados no tomaron en cuenta la estupidez asociada a la acumulación de dichas deudas, ni tampoco hablaron sobre los costos que Alemania había impuesto sobre los hombros de los demás. En cambio, no sólo perdonaron las deudas; en los hechos, los Aliados proporcionaron ayuda y las tropas aliadas estacionadas en Alemania proporcionaron un estímulo fiscal adicional.

Cuando las empresas entran en quiebra, un canje de deuda por acciones es una solución justa y eficiente. El enfoque análogo para Grecia es convertir sus bonos actuales en bonos vinculados con el PIB. Si a Grecia le va bien, sus acreedores recibirán más del dinero que invirtieron; si no le va bien, recibirán menos. Ambas partes tendrían un incentivo poderoso para aplicar políticas que favorezcan el crecimiento.

Rara vez las elecciones democráticas dan un mensaje tan claro como el que se dio en Grecia. Si Europa le dice no a la demanda de los votantes griegos en cuanto a un cambio de rumbo, está diciendo que la democracia no es de importancia, al menos cuando se trata de asuntos económicos. ¿Por qué simplemente no se anula la democracia, tal como lo hizo Terranova de forma efectiva cuando entró en suspensión de pagos antes de la Segunda Guerra Mundial?

Se tiene la esperanza de que prevalezcan quienes entienden de asuntos económicos relacionados con la deuda y la austeridad, y que también lo hagan quienes creen en la democracia y los valores humanos. Aún está por verse si serán ellos quienes prevalecerán.

 

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