Narrativas de acoso

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Esta semana las periodistas feministas Catalina Ruiz-Navarro y Matilde de los Milagros Londoño publicaron un reportaje en la revista Volcánicas con ocho testimonios de mujeres que narran el acoso y abuso por parte del cineasta Ciro Guerra. El contenido del reportaje es impactante, pero su narrativa lo es aún más. Llama sobre todo la atención el detalle con el que las mujeres relatan lo ocurrido, así como los subrayados que hacen las periodistas para resaltar los patrones de comportamiento del abusador. Patrones que de por sí se extrapolan a la mayoría de este tipo de abusadores que usan su poder y reputación para, lentamente y “como quien no quiere la cosa”, lanzar su estocada.

Mientras leía los testimonios iba recordando los detalles de situaciones semejantes en las que yo me he visto envuelta. Es sorprendente la cercanía de mis experiencias con las experiencias de las mujeres del reportaje y con los relatos de otras mujeres y amigas a través del tiempo. Me pareció por eso que además de ser un valiente esfuerzo de denuncia, el reportaje sirve también como un testimonio formativo para que otras mujeres vean la sutilidad con la que escala el acoso. Normalmente, el acosador nunca tiene “cara de acosador” y su comportamiento es a veces tan sutil que es casi imposible detectarlo en un inicio. Y, cuando se detecta, es tan ambiguo, que no se puede denunciar de inmediato. Como lo narra una de las denunciantes, de un divertido e inocente baile, el acosador logra en un par de jugadas meterse con ella en un taxi y, tras un beso fallido, tocarle insistentemente la vagina. ¿Cómo lo logra exactamente?

Cuando somos adolescentes es común recibir mensajes del tipo: “No salgas sola”, “no tomes de más”, “espera a que te llame, te proponga o te saque a bailar”. Nos topamos con miles de eslóganes insulsos sobre cómo supuestamente se debe comportar “una dama”, pero nunca nos dan detalles de cómo se comportan los predadores. Tenemos muy pocos ejemplos de cómo sucede exactamente el abuso y cuáles son los mecanismos de defensa. El artículo de Volcánicas apunta a lo primero. Deja ver incluso lo rápido de la agresión. Como narra Daniela: “Tan de la nada fue que hasta nos dimos un cabezazo”. Pero también nos damos cuenta de a lo que recurren las mujeres para protegerse.

Las mujeres, la mayoría de las veces, buscan a otras mujeres para no estar solas. Apelan a que tienen novio, sea verdad o no, porque la voluntad de otro macho es más argumento que un rotundo ¡no! Y la más común de todas y la que sigue sacando a la mujer de lo público: irse del lugar. Después de soportar el largo y sofocante acecho, las mujeres se ven obligadas a huir. Quizá sea esta constante prohibición que tienen las mujeres de habitar con tranquilidad el espacio público una de las cosas que más se resienten. Tener que irse para protegerse. Tener que irse de la discoteca, del bar, del trabajo o del ascenso para escapar del abuso. Tener que escabullirse al silencio. Pero gracias a estos reportajes y a la valentía de muchas mujeres estamos teniendo otro mecanismo de defensa: el conocimiento que nos permite resistir.

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