Naturaleza y diplomacia

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Una vez mas nuestro país es víctima de un desastre natural, el huracán Iota, que golpeó inmisericordemente al archipiélago de San Andres y Providencia -un evento que saca lo mejor de la nación pero que también les sirve a algunos de plataforma para ventilar sus odios-. Como es de esperar la ayuda internacional no demorará en ser ofrecida a Colombia.

Una de las herramientas más poderosas de la diplomacia, del llamado “soft power”, es la ayuda internacional en casos de desastres naturales. Demuestra la capacidad de despliegue, movilización y empatía de una nación para ayudar a otros en situaciones de necesidad extrema. Sin embargo, esta ayuda contiene igualmente un fuerte ingrediente político. Qué países reciben ayuda de cuáles, de qué país la rechazan y a cuál país la ofrecen, son cuestiones que gravitan alrededor de las ayudas humanitarias.

Aprovechando el intenso cubrimiento mediático y la sensibilidad que suscitan terremotos, inundaciones, tsunamis, huracanes, epidemias, hambrunas y demás, los países se apresuran a divulgar su contribución específica, ya sea dinero, especies, apoyo logístico o envió de personal entrenado.

Países en conflicto hacen una pausa para proveer ayuda humanitaria como la que otorgó el contingente británico estacionado en las Malvinas en la búsqueda del submarino ARA San Juan. La opuesto también ocurre como en las repetidas negativas de Irán a recibir ayuda de Israel en sus frecuentes terremotos o la de Taiwán a aceptar ayuda de China. En países con enfrentamientos regionales internos la ayuda en desastres puede ser objeto de politización como fue el caso de inundaciones en la provincia de Beni en Bolivia en 2007 que Evo Morales no clasificó como “desastre” sino “emergencia”.

El proveer ayuda efectiva y única a naciones afectadas por desastres naturales eleva el prestigio de los Estados oferentes, uno de los indicadores de influencia y poder. Estados Unidos con su ejército, armada y fuerza aérea es el país que más ayuda ha otorgado históricamente a víctimas de desastres a lo largo y ancho del planeta, componente integral de su política exterior desde la guerra fría.

China, tras las falencias que desnudó su tímida respuesta al tsunami de 2004, ha invertido considerables recursos en potenciar su capacidad de reacción a desastres. Por otro lado, la oportuna ayuda a víctimas del tsunami creó una cuasi-alianza militar entre las fuerzas armadas de India, Australia, Japón y Estados Unidos, aún vigente.

Para países como Israel, Corea del Sur y Japón, muy efectivos en la asistencia que prestan en casos de desastres, esta se ha convertido en una de sus principales herramientas diplomáticas. Corea se ha especializado en equipos de búsqueda y rescate, Japón en reconstrucción de infraestructura e Israel en la instalación de hospitales de campaña. Emiratos Árabes estableció en Dubái la “ciudad humanitaria” en la que se almacena ayudas que son enviadas de manera expedita cuando y donde se requiera.

Aunque la diplomacia de desastres no necesariamente altera las relaciones entre Estados, si puede contribuir a tender puentes. O puentecitos.

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