Por: Valentina Coccia

Náufragos del capitalismo

Las tristes circunstancias de las últimas noticias internacionales nos han hecho sentir que el mundo que conocemos está próximo a un inminente derrumbamiento. Al parecer, la ilusión del capitalismo, que se suponía debía ser un globo aerostático que se mantenía a flote, resultó ser una burbuja de jabón que se quebró con las impertinencias del viento. La crisis climática es la clara manifestación de que el capitalismo no puede orientarse a un crecimiento infinito: el aumento constante del capital se detiene cuando se acaban los recursos o se perjudica su calidad. El intento por sacar a los países del denominado “tercer mundo” terminó por incrementar la pobreza, los índices de violencia y la desigualdad. Las recientes crisis de Chile y Ecuador son prueba de cómo estos países (entre los que se encuentra el nuestro) han llegado al límite de su hartazgo. La política se encuentra en un estado anquilosado y el sistema capitalista ha dejado tantos desamparados, tantos solitarios y tantas víctimas en toda la esfera de la vida que ya no nos queda más remedio que cambiar o dejar de intentarlo.

Pareciera que la política ya no puede estar dividida entre derecha e izquierda. Pareciera que el mercado ya no tiene que regirse por competencia sino por cooperación. Pareciera que la prioridad no debe ser ya el enriquecimiento individual sino el bienestar común. Pareciera que ya todo debe orientarse a la unión y no a la fragmentación de la que somos víctimas. El universo ha terminado de expandirse: es hora de que se contraiga para regresar a las raíces de su núcleo original.

Recientemente ha habido muchas iniciativas económicas que están trabajando para beneficiar a la sociedad en lugar de incrementar la riqueza de los bolsillos de unos pocos. Son las denominadas “empresas sociales”. Una empresa social, a grandes rasgos, se define como una entidad que lleva a cabo proyectos empresariales para beneficiar a la comunidad y contribuir a un bienestar común. Dichas empresas hacen uso de sus utilidades no para el consumo o para el incremento de su capital sino para otorgar o facilitar de algún modo la vida de poblaciones afectadas por las consecuencias de este mundo en crecimiento económico constante.

En Colombia contamos con muchos ejemplos de emprendimiento social que han generado beneficios a las poblaciones mientras logran una sostenibilidad y una autonomía. La empresa Nebulón, por ejemplo, desarrolló unos paneles que convierten la niebla en agua, esto con el propósito de resolver el desabastecimiento hídrico en el país. Chocolates Montes de María y Panadería Nuevos Horizontes le dieron oportunidades de trabajo a personas afectadas por el posconflicto. El colegio La Fontaine, en Cali, desarrolló un programa educativo óptimo para niños de bajos recursos de la comuna 20 de la ciudad.

Estas iniciativas han reducido notablemente la cantidad de escombros que han quedado del naufragio del sistema capitalista. El cuidado del medio ambiente, generar oportunidades (de trabajo y estudio) para bajar los índices de pobreza, y fomentar la cooperación entre ciudadanos es también tarea de los emprendedores de hoy en día. Brindemos, a través de nuestros emprendimientos, una oportunidad y un ejemplo de cooperación y solidaridad.

@valentinacocci4[email protected]

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