Por: William Ospina

Naves de exploración

HAY UNA NOVELA DE FREDERICK Pohl, Pórtico, que parece una inmensa metáfora de las búsquedas del espíritu humano.

En una edad que no se precisa, pero que podemos calcular por la población que ha alcanzado el mundo —25 mil millones de habitantes—, la raza humana ha agotado toda la capa vegetal y animal del planeta, y ahora socava el subsuelo buscando residuos orgánicos para su alimentación. Un proletariado infinito se agota en los túneles trabajando para corporaciones invisibles, y juega una lotería planetaria que cada semana redime de la miseria a uno de los innumerables mineros.

Los que logran de esa manera salir de los túneles generalmente compran un pasaje a Pórtico. Pórtico es un asteroide recién descubierto, en la proximidad de Marte, donde lo que parecía un sistema de socavones y grutas con extrañas construcciones en sus extremos se ha revelado como una antiquísima plataforma de naves espaciales, alineadas y listas para partir, cuya ruta ha sido prefijada nadie sabe cómo ni cuándo.

Los aventureros se inscriben para tripular esos viajes con rumbo desconocido. Las naves parten y regresan. A veces el viajero no vuelve; a veces de un viaje que en la tierra duró una semana, emerge de la nave envejecido como si hubieran pasado cincuenta años; a veces vuelve muerto y reseco como si hubieran pasado los siglos. Pero los que regresan traen relatos de viajes fabulosos a mundos desconocidos. Pórtico es un centro diseñado para explorar el espacio exterior y los relatos de los viajeros alimentan un sistema planetario de información sobre el universo.

Lo mejor de Pórtico, lo que da una buena idea del talento de Frederick Pohl, es que hay una suerte de academia que valora la información que traen los aventureros y decide la recompensa que obtendrán por sus datos. A veces alguien que trae noticias de civilizaciones fabulosas y paisajes increíbles recibe una recompensa ínfima: lo que cuenta, o ya se sabía, o no mejora en nada el conocimiento del cosmos. A veces alguien que sólo cuenta que a las diez horas sintió un cambio en la temperatura, o vio alterarse el color de un metal o de una palanca, recibe una recompensa desmesurada: ha añadido algo al caudal de los conocimientos que atesora y sistematiza la gran compañía.

A veces pienso que la poesía funciona como esa plataforma de exploración de lo desconocido. Los poetas trabajan a ciegas, con un instrumento heredado, previamente diseñado por las generaciones, en el que cada individuo puede obrar modificaciones mínimas. Pero el instrumento permite exploraciones inusitadas y prácticamente infinitas. Como el poeta no conoce la ruta, emprende sus viajes a lo desconocido dejándose llevar por sus emociones, por su oído, por su intuición, y vuelve trayendo en las manos un manojo de información que las generaciones se encargarán de valorar y recompensar.

A veces el resultado parece espléndido: relatos de civilizaciones asombrosas y de paisajes inverosímiles, pero la humanidad descubre que todo eso se sabía, que ya Homero o Lucrecio o Dante habían explorado esos parajes. A veces, en cambio, el poeta cree volver con sólo la descripción de un árbol muerto del que todavía brotan unas pequeñas hojas y la humanidad descubre que ese poeta ha visto algo que nadie había codificado antes, y lo recompensa con años o siglos de memoria y de gratitud.

La poesía es ese reino donde las palabras arrebatan regiones de sentido, de belleza o de revelación a la terca tiniebla de la experiencia, y nos produce la sensación de haber ido muy lejos, de haber apartado el velo de Maya, la ilusión de la costumbre, de haber arrebatado unos destellos del gran secreto que nos rodea y que nos constituye.

Oímos decir entonces: “Ese bello planeta que nos consuela con amores iba haciendo reír todo el Oriente”; oímos decir: “Una cosa bella es alegría para siempre”; oímos: “La soledad es como esos ríos, que viniendo del mar avanzan por la noche”; oímos declarar: “No es la última ola con su salado peso, la que tritura costas y produce la paz de arena que rodea el mundo”; oímos hablar de alguien que: “Camina en esplendor como la noche”; lo oímos afirmar que “La naturaleza es un templo cuyas columnas vivientes dejan salir a veces confusas palabras”; oímos otra voz que declara: “Las olas del corazón no se alzarían ni se romperían en tan bellas espumas, si no se estrellaran contra el destino, esa vieja roca muda”; escuchamos a alguien que menciona “Los ríos que corren al norte del futuro”; o que canta: “Hace siglos la luz es siempre nueva”, y sentimos que acabamos de sorprender un secreto, que alguien ha enriquecido nuestra vida, y le ofrecemos la mayor recompensa, la memoria cordial de las generaciones.

 

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