Navidad suburbana

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En diciembre los habitantes de calle resultan favorecidos por la caridad expiatoria que practica la cristiandad con motivo de la Navidad: los feligreses son más dadivosos con los mendigos posicionados en los atrios de las iglesias, los grupos filantrópicos y fundaciones altruistas se esmeran brindando viandas y regalos a los callejeros, los vecinos desobedecen la consigna gubernamental “no de limosna pague impuestos”, por supuesto, las instituciones estatales al servicio de la poblaciones habitantes de calle, también corresponden a la tradición navideña ofreciendo programas y atenciones especiales a los ciudadanos atendidos en las unidades, los que cuidan carros reciben mejores propinas, los músicos callejeros que chisguean en Transmilenio y en las tiendas reconocen la bonanza decembrina, hasta los “patrones’ del narcomenudeo agasajan a los clientes de sus ollas, los más bota’os reparten lechona, casi todos regalan aguardiente chiviao y al que compre más de dos raciones de droga se le encima una. La policía no se queda atrás, por tradición, en navidad van a los parches que azotaron todo el año, con regalos para los niños y tamal con chocolate para los “ñeros” adultos. Las muchachas, las trans, salen luminosas atentas al borrachín ávido de afecto que les costee la noche.

Los que viven de recoger desechos reciclables en diciembre ganan por punta y punta, los grupos dadivosos los abordan con natilla y buñuelo en las rutas de trabajo o los esperan en los depósitos dónde llegan a vender el material, los dueños de las chatarrería también se manifiestan con comida, los que menos le brindan vino y galletas, no les falta la vecina que se luzca brindándoles un plato especial y una liguita en billetes, pero lo mejor es que en diciembre abunda el cartón, botellas plásticas, latas de cerveza; en muchas casas se deshacen de cosas acumuladas, así que las bolsas de la basura llevan los cuadernos que usaron los estudiantes, ropa y corotos en desuso, los adornos de la Navidad pasada, objetos que los cachivacheros pagan mejor que vendiéndolos por peso en las chatarrerías. Se de gente que se ha encontrado en la basura porcelanas Capo di Monti, relojes, alhajas, libros incunables, pinturas de autores famosos, juguetes de colección, cámaras fotográficas, catalejos, muchas vainas apreciadas y bien cotizadas en los anticuarios.

Entre las fabulosas vivencias decembrinas que le he escuchado a los callejeros, la que refiero aquí me cayó en gracia porque refleja el espíritu navideño en la ciudad anónima.

En enero de este año Yolanda y Marcos con su hija de 8 años, entraron ilegales a Colombia por las trochas del Catatumbo, sorteando arriesgadas peripecias, en tres meses lograron llegar a Bogotá, con la ilusión de encontrar trabajo y bienestar, más para entonces el gobierno ya había decretado la emergencia sanitaria por la pandemia Covid-19 y la capital promisoria estaba en cuarentena, sin actividad comercial y la población en su mayoría confinada y paranoica, cumpliendo el distanciamiento social, peor con ellos que por venezolanos eran sospechosos de ser portadores del coronavirus.

De la plata que habían ahorrado para el éxodo conservaron doscientos dólares que les cambió por menos del precio oficial el dueño del hotelucho en dónde se hospedarnos. A Yolanda, por joven y bonita, la contrató el mismo tipo de mesera en un bar que funcionaba clandestino al fondo del hospedaje. Marcos, sin opción de empleo, se compró un “zorro” – así le dicen por acá a las carretas de basuriegos – , aprendió rápido el oficio de reciclador y por juicioso le iba bien, ganaba más que su mujer a quien los proxenetas ya le estaban echando el ojo.

De suerte con otro matrimonio de paisanos alquilaron el primer piso de una casa vieja, pero lejos de la zona de tolerancia, dónde la niña podía jugar sin peligro con chicos de su edad, al menos los domingos, porque desde que Yolanda renunció al bar los tres iban de correría por las localidades Teusaquillo y Chapinero, cuyas basuras contenían bastante material comercial y los habitantes eran afectuosos.

Por cierto en una cuadra del barrio Nicolás de Federmán los vecinos, enternecidos con la hijita de los recicladores, con especial deferencia separaban para ellos el material reciclable. Casualmente en ese barrio, el viernes 18, en un edificio contiguo a la iglesia, mientras un grupo familiar restaba la novena, Yolanda y Marcos esculcaban las canecas de la basura que el celador acababa de sacar, en una de las cuales alguien había botado un montón de adornos de navidad: papanoeles, farolitos, bastones, velones, un arbolito en su empaque original y, lo que más les atrajo, las figuras de un

pesebre, de las moldeadas en látex que ya no se usan; rescataron todas las que encontraron seguros de que podían venderlas y también porque le gustaron a su hijita.

La jornada estuvo buena, a las siete de la noche ya tenían la carga completa. Contentos iban por la avenida Caracas, rumbo a las recicladoras, cuando en el semáforo de la 34 se les atravesó una patrulla de policía, de la que se bajaron dos agentes y dos señoras las cuales, con evidente preocupación, les preguntaron: ¿Tienen la virgen del pesebre que encontraron? – no esperaron la repuesta porque vieron a la niña abrazando la figura.

-¡ Es esa! – Exclamaron al tiempo; enseguida el policía de mayor rango le exigió a Marcos que entregara la pieza.

- Mi amor, debemos devolver la virgen – persuadió Marcos a su hija y ella, curtida en lidiar con policías, entregó la muñeca a una de las mujeres que, ansiosa, revisó la oquedad que tienen esas piezas por debajo, metió dos dedos y extrajo un rollo de siete billetes de 100 dólares.

- ¡Gracias Virgen Santa, hice bien confiando en ti mis ahorros – exclamó la mujer, besó la estatuilla , agradecida, se la devolvió la niña y le regaló cien dólares. – Este es tu aguinaldo niña hermosa. Feliz Navidad para ustedes.

En la chatarrería vaciaron la carreta, fue buena la venta del material reciclable. Contentos llegaron a la casa, en un rincón de la habitación armaron el pesebre, ambientaron todo con los adornos que rescataron, como ofrenda a la providencia que les auguraba un buen porvenir en la ciudad que acogió su involuntario exilio.

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