Negacionistas

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A lo largo de la historia se ha visto cómo las grandes tragedias humanas o el acecho de inminentes peligros hacen surgir a un curioso personaje que, con sus diatribas, a veces asombrosas y originales, aunque siempre necias, logra llamar la atención de un pequeño público, por lo general no muy letrado. Se trata del negacionista. Ese individuo que, por miedo, egolatría, mecanismo de defensa o incapacidad de asumir la realidad, decide negarla contra toda evidencia. Hay de muchos tipos: los negacionistas de la ciencia, de la historia, de la medicina. Por increíble que parezca, aún hay gente que niega el Holocausto, que duda de que la Tierra sea redonda e incluso de la teoría de la evolución de las especies. De época más reciente es el que niega el cambio climático, el virus del sida y ahora, cómo no, el coronavirus, con Miguel Bosé como una de sus cabezas visibles.

Esta curiosa reacción de la psique se alimenta de varios afluentes: las teorías conspirativas, la presentación persuasiva de “falsos expertos”, la construcción de teoremas de aspecto verídico aunque falsos, la presentación de evidencias reales pero de forma incompleta o fuera de contexto, o lo que en discusiones se llama la “falacia del hombre de paja”, que consiste en destruir las razones de un oponente no enfrentando sus argumentos, sino atacando su léxico, una o dos palabras mal utilizadas, dando así la impresión de que toda la idea es falsa. Los “negacionistas” del coronavirus son realmente conmovedores con su idea de que todo es una creación de los gobiernos para inyectarnos transmisores y vigilar nuestras conciencias. Bienvenido, Philip K. Dick. ¿De dónde salen estos divertidos congéneres para quienes todo lo que pasa en el mundo es un engaño? Hay gente que se precia de “no tragar entero”, creyendo que todo lo que no se puede morder y tocar es un complot.

Hay negacionistas más diluidos. En política, por ejemplo, son aquellos que se obstinan en negar la realidad adversa. En Colombia hay muchos, incluso en el Gobierno. Un ejemplo: aquellos que siguen diciendo que Santos compró el Nobel de la Paz a Noruega. Inútil hacerles ver lo absurdo, pues ellos creen que Noruega y la Academia Sueca se comportan igual que Fedegán. Simplemente no pueden aceptarlo. Construir hipótesis es otra forma de negacionismo. Nuestro insigne ministro de Defensa, Carlitos Holmes Trujillo, es un maestro: para él, los asesinatos de líderes y las masacres recientes de muchachos son consecuencia exclusiva del narcotráfico, el cual a su vez es culpa del aumento de cultivos a partir del 2013, por lo tanto… ¡¡todo es culpa de Santos!! ¡¡Bravo, ministro!! (Se oyen aplausos, ráfagas celebratorias).

A diario me pregunto si sus rivales no incurriremos en lo mismo. Para los idólatras de Uribe, somos negacionistas de su dios, pero, de un modo objetivo, es cada vez más difícil contradecir la información que los relaciona a él y a su gobierno con el paramilitarismo. Más aún, luego de que Daniel Coronell revelara los nexos de Carlos Castaño con Pacho Santos y su pedido de abrir unas autodefensas en Bogotá en 1997. Son hechos concretos, no hipótesis. Y Pachito fue el vicepresidente de Uribe. Hipótesis sería, en todo caso, la actitud de Pachito ante el asesinato de Jaime Garzón, que fue en Bogotá y en 1998.

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