Por: Andrés Hoyos

Negociación

ESTÁ REGRESANDO A LA CONVERSAción de los colombianos, como si fuera un ave migratoria, la idea de “negociación”. Conviene calibrar el significado actual de esta prestigiosa y peligrosa palabra.

En su versión rosadita, la negociación es la varita mágica que trae el fin del conflicto con un costo, a lo sumo, marginal. Una negociación con esta base, hay que decirlo con total claridad, no sólo es imposible e ingenua, sino potencialmente catastrófica. No se puede negociar en el aire, sin premisas, sin partir de una realidad convenida y entendida por las partes enfrentadas.

Del lado democrático de la barrera —por lo mismo que los que no creemos en la lucha armada somos una abrumadora mayoría—, hay infinidad de ideas sobre las posibilidades de una negociación. Los electores, sin embargo, delegaron en el presidente Uribe cualquier decisión de proceder y ya sabemos cuál fue su actitud. Del otro lado de la barrera, ha habido hasta donde sabemos una única posición, que dice que una negociación es un respiro, una tregua que permite atacar luego con más fuerza, una posibilidad de sembrar dudas y contradicciones en el campo enemigo, un acto de debilidad del Estado. Durante los últimos ocho años, el convencimiento radical, obstinado y opuesto de ambos bandos en su propia interpretación desterró cualquier posibilidad de negociación.

Las Farc solían pensar que el tiempo jugaba en su favor. El enemigo convulsionaba y cambiaba de posición con cada gobierno —a veces con cada ministro—, mientras ellos acumulaban poder, armas y dinero, y se gobernaban mediante una estructura monolítica y eficaz que a la larga desembocaría en la toma del poder. Los vientos de América Latina en la primera década de este siglo soplaban hacia la izquierda populista, y ellos pensaron que se iban a mantener iguales por mucho tiempo. Estaban muy equivocados, con el agravante de que su mentalidad cerrada y dogmática no les permitía, ni tal vez les permita aún, percatarse del error y enmendarlo. Lo primero que no tomaron en cuenta fue que en estos ocho años el mundo ha ido cerrando las puertas a movimientos como el suyo, en vez de abrirlas. Lo otro que subestimaron fue la existencia de abismos de desprestigio tan profundos que se hace imposible regresar de ellos con vida política. Hoy hasta Chávez les escatima su apoyo, lo que no deja de ser significativo, y cada vez es menos y menos lo que se les podría otorgar como resultado de una negociación.

Por lo anterior, creo que cualquier negociación está lejana y que va a depender de que se profundice el desbalance de la relación militar de fuerzas en favor del Estado. Parecerá paradójico, pero un fortalecimiento de la guerrilla, así sea leve, alejaría las negociaciones en vez de acercarlas. Confiemos, pues, en que llegue un día en que la insostenibilidad del proyecto armado sea tan clara, que al menos una parte del diezmado Secretariado entienda que no tiene otro remedio que negociar algo que implique el fin del conflicto, partiendo del fin de los secuestros y demás métodos repugnantes de lucha. Lo que les quedará casi imposible de aceptar será que todos esos años de violencia y virulencia han sido en vano. Tampoco les gustará en lo más mínimo un proceso de negociación que los debilite en vez de fortalecerlos, pero ésta es otra condición sine qua non para que ella se dé.

Yo, al menos, no estoy nada seguro de que el ave migratoria de la negociación sí podrá anidar pronto entre nosotros.

 

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