Por: Hernán González Rodríguez

Negociar con las Farc

Monseñor Rubén Salazar, presidente de la Conferencia Episcopal, numerosos prelados, Colombianos por la Paz, la Comisión Nacional de Conciliación, el International Crisis Group y algunas ONG han vuelto a plantear la conveniencia de dialogar de nuevo con la guerrilla, pero sin que el Gobierno les plantee previamente condiciones claras y firmes.

Esperan ellos que de los diálogos se derive por generación espontánea el fin de un conflicto distorsionado hoy por el negocio del narcotráfico.

Consideran éstos que existen condiciones propicias para iniciar el diálogo como lo indican: El no exigir las Farc hoy una zona para conversar sobre el intercambio humanitario; la muerte de sus principales dirigentes; el debilitamiento de sus huestes en numerosas zonas del país, el rechazo de la opinión pública que salió a las calles a demostrarlo; el descrédito internacional por los daños que están causando en países que supuestamente nos daban lecciones de civilización, como México, Brasil...

La respuesta del presidente Uribe ante dichas propuestas entraña un escepticismo sensato. Porque para iniciar los diálogos deberían comenzar por deponer las armas durante cuatro o más meses.  Deberían suspender la detonación de artefactos explosivos en los centros urbanos. Deberían cancelar, así mismo, los secuestros y los atentados absurdos dirigidos contra ministros, militares y periodistas. Su actitud no puede ser la de imponerles condiciones inaceptables a los colombinos mientras se refugian en Venezuela y Ecuador para retornar a Colombia en el momento oportuno.

Considero que el Presidente interpreta correctamente la opinión mayoritaria de los colombianos cuando para dialogar decide el Gobierno no actuar a remolque de iniciativas oblicuas de las Farc, con el fin de apoyar las intenciones políticas de cierta izquierda chavista o de grupos internacionales "retorcidos".

Pretender exterminar la insurgencia colombiana tras un diálogo con el Gobierno de rodillas carece de sentido, mientras exista el negocio del narcotráfico de por medio. Las Farc son un gigantesco negocio y no un movimiento pro clases menos favorecidas. Guerras soterradas, interminables, existen hoy en numerosos países, por ejemplo, en Israel, Palestina, México... Para las cuales la meta debe ser tratar de reducirlas a su más mínima expresión para convivir con ellas ante la imposibilidad de lograr una solución concertada.

La estrategia para el momento es clara: Continuemos con la presión militar y con el escepticismo condicionado del Gobierno;  pero con las puertas abiertas hasta tanto la guerrilla logre convencernos de sus intenciones para ponerle fin a la guerra.

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