Por: Don Popo

“Negro sí come Negro”

Eso pensé después de que algunos líderes afro con “Capirotes”, quisieron colgarme en el árbol por haber publicado mi anterior columna, por evidenciar el endoracismo, por romper el paradigma de que todos los negros son miserables y reivindicar otras formas de lucha contra la discriminación, más allá de la confrontación.

“Negro bruto, chicanero, cobarde”, me llamaron.

Que tengamos prejuicios, discriminaciones y malos tratos hacia nosotros mismos significa que hemos hecho la tarea incompleta; no podemos andar con el índice gordo señalador, exigiendo justicia, equidad y respeto, cuando adentro nos damos tan duro.

No todos los negros somos iguales. La diversidad cultural, la pluralidad de identidades, de valores, éticas y estéticas; territorialidades, experiencias y expectativas de vida, son multidimensionales y hasta contradictorias al interior de la etnia afrodescendiente. Hay conmigo jóvenes negros que no sabemos bailar, no nos gusta el Chere, no nos reflejamos en el Mapalé.

Desde hace más de 20 años, muchos, como yo, ya no nos sentimos identificados con las tácticas de algunos de nuestros representantes: la mendicidad de compasión, lástima y comprensión; la súplica de derechos, igualdad, equidad y justicia. Pensamos que la dignidad, además de una condición, es una actitud; que tenemos derechos, pero también tenemos derecho; que hay que renovar el discurso.

Estuve en el lanzamiento de la casa afro en la localidad de Engativá, donde asistieron el alcalde y los ediles para escuchar nuestras prospectivas. Los líderes afro dieron un discurso vehemente, reclamando indemnización por habernos traído encadenados en barcos y los azotes de hace 500 años. Me retiré con la vergüenza encarnada, considerando que el espacio para conmemorar la historia no era ese; con un sinsabor por la oportunidad desperdiciada de haber hecho una negociación estratégica, evidenciando la capacidad y el potencial productivo del pueblo afro y cómo éste aporta al desarrollo económico, la cultura, la seguridad y la convivencia de la ciudad.

También estuve en varias reuniones con líderes afro, cuando jóvenes de Usme, Altos de Cazucá, San Cristóbal, Kennedy, Bosa y Soacha, con el rostro palidecido casi gritaban: “¡Nos están matando en los barrios! ¡Hay que hacer algo!”. Con la misma expresión les manifesté mi preocupación por las personas negras que de manera exponencial están llegando a la ciudad a engordar el cartucho, las zonas de prostitución y las cárceles. “¡Hay que hacer algo!”. Salimos con los ojos desorbitados y el estómago indigestado por la retórica académica, sin soluciones eficaces.

Hay que renovar el liderazgo. Necesitamos líderes jóvenes, con una percepción ampliada de la realidad, que den respuesta a las necesidades de una generación globalizada, transidentitaria, que se reconfigura aceleradamente en el espectro virtual; que piensen en su productividad, competitividad y sostenibilidad, para su mejor vivir. Líderes con nuevas técnicas de diálogos y resolución de conflicto, de manejo del ego, de lo público y del bien colectivo.

Líderes de pensamiento estratégico y efectivo, que sepan inspirar, organizar y movilizar al pueblo negro en la ciudad, que si es verdad que somos más de un millón de personas, puedan determinar el nuevo alcalde de Bogotá; que sean protagonistas en La Habana, donde Santos y Timochenko les den la mano por las más de dos millones de víctimas del pueblo negro, y por su compromiso de reconstruir el país; y que Bergoglio también les dé la mano por ser protagonistas en los cambios que necesita el mundo.

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