Por: Augusto Trujillo Muñoz

¿Neopopulismo?

El siglo XXI trajo consigo una idea dramática. La expresó hace unas semanas el cantante Joan Manuel Serrat en una frase, salpicada de humor negro, que resume lo que está quedando de la democracia. Es más o menos así: “Los demócratas son los que piensan como yo, los demás son fascistas o comunistas”. Semejante forma de pensar no es gratuita. Obedece a seculares decisiones equivocadas de las élites. Pero esa impostura se volvió eje de un ejercicio político que, hoy, puede llamarse ‘neopopulismo’.

En América los populistas solían ser caudillos militares: Perón, Velasco Alvarado, Rojas Pinilla. Reclamaban sintonía con el pueblo y criticaban a las élites tradicionales, pero tenían alguna coherencia política. Los neopopulistas sólo tienen sintonía consigo mismos y están dibujados en la frase de Serrat. Pertenecen a cualquier estrato social y a cualquier bandera partidaria. Estimulan y agudizan la polarización sin importarles las reglas consensuadas de convivencia. Trump y Maduro dan cabal testimonio de ello.

Pero ahí no hay un problema doctrinario. En el neopopulismo no subyacen tesis sino intereses. Tiene una visión tribal del mundo. Por eso enfrenta, polariza, privilegia el esquema amigo-enemigo sobre cualquier otro. Esa táctica le sirve para llevar a cabo el secuestro de la política y del poder legal. Alguien ha subrayado eso como un desvío que, por apoyarse en la soberanía popular, resulta tanto más indigno cuanto engaña a las instituciones que se basan en la confianza. Por eso es una impostura.

Pues el debate político que se cumple, hoy, en Colombia está resultando neopopulista. Los ciudadanos son prisioneros de un entorno excluyente que incita a las provocaciones viscerales. En esa trampa no hay tesis, ni de derecha ni de izquierda, como pretenden hacerlo creer los medios de comunicación, sino una especie de querella entre el pasado y el futuro. Quienes privilegian el espejo retrovisor sobre la línea del horizonte atan la mente a visiones cerradas, de carácter tribal, en medio de un mundo abierto y plural.   

Después de muchos años, es la primera vez que unas elecciones presidenciales no estarán, necesariamente, condicionadas por las Farc. Pero los adversarios del proceso de paz quieren seguir pedaleando en la misma pista. Por eso su propósito es reeditar el No del referendo del 2 de octubre del año pasado, en las elecciones de 2018.

Rechazan la JEP porque “eso es impunidad”. ¿Acaso el país puede exhibir la pronta y cumplida justicia, que consagra la Constitución? Por el contrario, desde hace décadas registra niveles de impunidad cercanos al 99%, según la propia Fiscalía de la Nación. Entonces, ¿a cuál impunidad se refieren? Lo que ocurre es que la polarización resulta funcional a sus intereses. No importa que la prioridad nacional sea deliberar para la construcción de consensos. Ellos juegan con la paz de manera irresponsable.

Hay que recuperar el diálogo como ética y como costumbre. Hay que ponerse de acuerdo con el que piensa distinto. Los verdaderos enemigos del país son la corrupción, la inequidad, la desinstitucionalización. La corrupción invadió la política, la justicia, la administración pública, los negocios. La inequidad produjo varias Colombias, sin vasos comunicantes entre sí. La desinstitucionalización desdibujó el Estado de derecho. Pero el neopopulismo no deja ver la necesidad de construir “un país en que quepamos todos”.

Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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