Por: Jaime Arocha

¿Neovirreinato naranja?

No aparecen mujeres en la foto que publicó El Espectador sobre la visita que el presidente Iván Duque hizo a San Andrés el 8 de agosto de 2018. Entre los 20 hombres retratados hay tres de piel oscura, en posiciones que sugieren subalternidad, y nueve visten uniformes militares. Buena estrategia para mostrarle los dientes a Nicaragua, pero infortunada presentación en sociedad ante los raizales que no se sintieron a gusto con las manifestaciones de fuerza de la administración Uribe Vélez. La respectiva nota no indica ni cómo, ni dónde el mandatario se dirigió a la gente raizal, o si al menos lo hizo en el inglés creole. Es dudoso que haya pronunciado alguna frase en ese idioma que nació del akán de Ghana que practicaban los esclavizados del Caribe occidental y el inglés de los amos. El colonialismo continental ha subvalorado esa lengua criolla como dialecto menor o patois, al extremo de que el equipo de protocolo que el 21 de marzo de 2014 acompañaba a la entonces primera dama de la nación para la inauguración del teatro Midnight Dream de Providencia impidió que un coro de niños cantara el himno nacional en ese idioma. Eso sí, Duque fue claro en que “vamos a tener hoy un diálogo muy importante con empresarios de la economía naranja. Este es un (…) territorio donde la música, el folclor, los festivales, han hecho un matrimonio perfecto con el turismo y queremos darle un gran impulso a este sector en el archipiélago”. Parecería que ese mandatario no se informó de que a partir de la declaratoria de San Andrés como puerto libre en 1953, el turismo le ha causado a ese pueblo nativo casi todas sus pérdidas culturales y territoriales.

Es posible que los empresarios acerca de los cuales habló el presidente sean los que enumera la Agencia Anadolu en El Espectador. Brillan por su ausencia los músicos del archipiélago. Como dice el etnomusicólogo Juan Sebastián Rojas, quien trabajó durante muchos años con los ensambles de Providencia, “la economía naranja es para los empresarios de los copyrights; a los compositores e intérpretes se los enajena de esa producción industrial”. Lógico, entonces, que el libro de Buitrago y Duque sobre la economía naranja** desdeñe los componentes de la “herencia cultural de nuestra región”, citada como fuente inexplorada de riqueza; que en sus páginas los garantes de esa herencia figuren de manera tan marginal: la historia al lado de la vida nocturna (pág. 157), y otras disciplinas sociales en una tabla secundaria de la pág. 228; que no aparezca la universidad pública, mientras que los economistas monopolizan los proyectos en consecuencia con ese supuesto de que la tecnocracia es la panacea del progreso. Ojalá que como parte de ese pensamiento no vuelva a aparecer aquel alto consejero presidencial para el Desarrollo de San Andrés y Providencia, quien entre 2002 y 2006 asfixiaba a la gente raizal debido a su papel virreinal.

Nota: debido a un error involuntario, en mi columna pasada omití el nombre de Elver Montaño, quien fuera miembro de la Comisión Especial de Comunidades Negras en representación de las organizaciones del norte del Cauca.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

** “La economía naranja, una oportunidad infinita”. BID, Aguilar y otros editores. 2013.

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