Por: Oscar Guardiola-Rivera

Neruda y la historia

El 22 de septiembre de 1973, Pablo Neruda recibió una visita en su habitación del hospital Santa María de Santiago.De su conversación con el embajador sueco Harald Edelstam sabemos gracias a documentos que reposan en el Archivo Nacional. Según Edelstam, Neruda “no sabía o no reconocía sufrir de una enfermedad terminal. Se quejaba del reumatismo, y se alistaba para viajar a Méjico... donde haría una declaración contra el régimen militar”.

Ello hacía al poeta peligroso a los ojos de gente que había demostrado no detenerse ante nada, ni siquiera el asesinato, para defender sus intereses. Al mando de un antiguo director de campo de concentración y admirador del franquismo español, Augusto Pinochet, días antes habían bombardeado el palacio presidencial y derrocado a su amigo Salvador Allende.

Allende murió “luchando solitario en su palacio en llamas”, al decir de García Márquez. La voz del cantante Víctor Jara fue apagada poco después. Quedaba Neruda. En grabaciones, miembros de la Junta aseveran que si Neruda tomase un avión éste caería al mar. La tarde del 22, mientras Neruda atendía visitas, la radio del régimen anunció que el poeta moriría en horas.

Ese misterio explica la exhumación de su cuerpo. Pero hay razones más poderosas en un momento en que la izquierda latinoamericana está en la balanza. El reemplazo por escaso margen electoral de Hugo Chávez, uno de varios líderes izquierdistas en la región afectados de cáncer, como lo fuera Neruda, se ha combinado con los más de 700 atentados documentados contra Castro en Cuba para originar todo tipo de teorías conspiratorias.

Más importante es el hecho de que una nueva generación de activistas, enfrentada a una crisis que parece no tener fin ni alternativas, necesita reconectarse con la vibrante imaginación política de Neruda. El punto no es si el tipo de compromiso apasionado que encarnó en vida sea posible hoy. Más bien si la tecnología, y las instituciones que usamos para administrarla, pueden sostener el tipo de libertad por la cual abogó en su poesía.

En ese contexto, Neruda y la sombra que proyecta su muerte constituyen un arma en la era de Google con cual la generación actual de activistas puede enfrentar las narrativas represivas, obsesionadas con la austeridad y francamente aburridas, que dominan nuestra época.

Ello hace a Neruda más peligroso que nunca.

Como dije en la versión de esta pieza publicada en The Guardian, las dudas acerca del pretexto de “librar a la sociedad del cáncer comunista” como justificación de la violencia militar y paramilitar en Latinoamérica desde los años 70 se reflejan en las preguntas acerca del cáncer de Neruda. Es hora de contar de nuevo esa historia.

*Óscar Guardiola Rivera

 

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