Por: Humberto de la Calle

Neurofilosofía

CAMINÁBAMOS POR LEICESTER Square, en Londres, Enrique Gómez Hurtado y yo.

En cierto momento me dice: estas británicas con sus abrigos negros y sus zapatos tenis son un atentado a la estética. Pues no lo creo, repuse. Esa es su estética. Que sea distinta al paradigma que usted tiene en su mente, no le quita valor. “La belleza es un valor universal e inmutable”, me dijo a guisa de punto final de la conversación.

Esta discusión puede trasladarse al campo de la moral. Toda la construcción escolástica, sustento explícito de la ética cristiana, se basa en la idea de que hay un estándar universal e inmodificable. Esto es, que ninguna regla moral puede tener excepciones.

Patricia S. Churchland (Braintrust: What Neuroscience tells us about Morality) sostiene lo contrario: la moral es producto de procesos cerebrales a partir de los cuales se configuran patrones variables de conducta. La oxitocina es la encargada de crear el vínculo entre el niño y su madre. Y son los sobrantes, por decirlo así, de eso neuroquímico, los que van ampliando el marco del afecto a los demás miembros del grupo. Y la arginina vasopresina, a su vez, refuerza el sentido de solidaridad al producir sensaciones placenteras en el cerebro.

Los topos de pradera, descubrió Churchland, cuidan su vida y la de sus crías. Incluso, los machos desempeñan labores de cuidado de los pequeños. En cambio, los topos ultramontanos, una especie biológicamente casi igual, no desarrolla ningún sentimiento de protección de la vida en su entorno. Ella descubrió que los topos ultramontanos tenían un déficit de oxitocina.

Para esta destacada investigadora, hay una especie de línea continua entre la moral animal (que existe) y la moral humana; hay un hilo conductor neurocerebral a través del cual se reciben los primeros insumos de comportamiento y se abre la puerta a la incorporación de valores sociales que son mutables en cuanto se ajustan a necesidades concretas. Para ella, pues, ya no hay modo de hablar de filosofía a secas, sino de neurofilosofía. Contrasta esto con Stephen Hawkings, el famoso físico, para quien la filosofía ha sido devorada por la física (El gran diseño).

Lo curioso es que uno y otro, en el fondo, terminan escribiendo grandes tratados de filosofía. De hecho, al evaluar el papel de la oxitocina, Churchland la asimila al germen del “sentimiento moral” a que se refería Hume. Y se remonta a Aristóteles para decir que su tesis no contradice las ideas del griego, ya que éste argumentó que la moralidad se basa no en la construcción de normas abstractas sino en el cultivo de sentimientos morales a través de la experiencia y la enseñanza.

Para demostrar sus afirmaciones, Churchland examina diversas culturas. Hay pueblos donde se sacrificaba  a los niños inviables o ancianos, y lo hacían movidos por sentimientos morales, aunque ahora nos parezca una muestra de barbarie.

Todas estas reflexiones son útiles ahora que Jack Kevorkian nos ha dejado. Un verdadero héroe. Entendió a fondo las bondades de la muerte digna en medio de una cultura que no lo entendió. Una cultura que ha olvidado que morir es simplemente un acto natural. Y que la vida vale la pena, sólo si es una vida digna, algo que sólo puede juzgar cada ser humano en su autonomía.

 

 

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