Ni adelante ni atrás

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Aquí nadie estaba en realidad a favor de nadie sino en contra del otro. Los votos azules son votos contra la grosería de Trump y su falta de rumbo en la política, y los votos rojos son votos contra el sistema que encarnan los Obama, los Clinton, incluso en el fondo los Bush.

Los votantes azules temían que se eternizara un gobernante egocéntrico, vanidoso, mezquino, que se encontró el poder casi por azar, y que se regodea con él aunque para ello ponga en peligro el futuro del mundo y el primado de los Estados Unidos.

Hay que recordar que nadie tomaba a Donald Trump en serio como posible candidato hasta cuando Barack Obama, envanecido con su triunfo, barrió la sala con él en una cena de corresponsales de la Casa Blanca e hirió fatalmente el orgullo de este empresario que ha sido en los últimos 40 años la encarnación mediática del magnate norteamericano. Claro que Trump lo había provocado, dudando con racismo evidente de su origen y exigiendo la presentación de su registro de nacimiento.

Pero aquella noche, mientras todos reían a sus costillas, Donald Trump, que es la soberbia misma, debió prometerse que cobraría la ofensa de que el primer presidente hijo de un inmigrante africano se creyera con el derecho de humillar a un hombre rico, rubio y célebre.

A veces los grandes dramas históricos tienen causas aparentemente triviales, y a pesar de su nobleza esencial hay cierta frivolidad en Barack Obama que, aliada con su pragmatismo, lo lleva a condescender más de la cuenta con un sistema lleno de defectos.

Su gestión de la crisis financiera permitió que millones de personas perdieran sus casas, no fue capaz de poner fin en Medio Oriente a unas guerras infames, no fue capaz de contrariar a los poderes siniestros que mantienen abierto el campo de concentración de Guantánamo, deportó más inmigrantes que nadie aunque al menos no los satanizó como Trump, no confrontó el racismo atávico de los cuerpos policiales, no dio el gran salto necesario hacia la transición energética y apenas si su programa del Obamacare y su visionaria gestión del drama cubano dieron la medida de su talento de estadista, tan encorsetado por la necesidad de ser recibido y aceptado en el gran mundo.

Trump, por su parte, parecía contento con su destino de Rico McPato, pero la ofensa de Obama lo hirió hondo, y es posible leer en su rostro en aquella cena desafortunada que el establecimiento que se reía de él pagaría por ello. Sin embargo estaba lejos de imaginar que la historia iba a ser cómplice de su sed de revancha.

Dicen que él fue el primer sorprendido con la sucesión de hechos políticos que lo llevaron de perdedor seguro a candidato de los republicanos. Una sociedad hastiada de los políticos se abandonó fácilmente a los prestigios del hombre rico y famoso, al embrujo de su histrionismo mediático y a su tono altisonante de empresario indignado.

Trump no lo esperaba, pero cayó en el surco: los supremacistas encontraron de pronto a su vocero, turbios aventureros como Steve Bannon hallaron a la sombra de qué árbol arrimarse, medio país quería desquitarse de los políticos y también quería librarse de la mala conciencia de que el confortable sueño americano se estuviera convirtiendo en un peligro para el mundo.

Es bueno tener la casa limpia con detergentes y con plásticos, pero es malo que el precio sea envilecer los mares y envenenar el globo. Nos enseñaron que algo bueno no puede producir algo malo: al ciudadano medio que trabaja y paga sus impuestos le incomoda saber que su estilo de vida está matando al mundo, y en los barrios campestres de los Estados Unidos el deterioro del planeta no es tan evidente como en las favelas de Río, en los incendios del Amazonas o en las barriadas infinitas y cenagosas de Nigeria. Así que opta por cerrar los ojos y votar por los adormecedores de conciencias. Y cuando alguien viene a abrirle los ojos a la fuerza, prefiere hacer lo que hacían los antiguos: sacrificar como ofrenda a los dioses al mensajero del desastre.

Trump sabe lo que quiere oír el buen burgués: somos los mejores, no hay tal cambio climático, solo necesitamos prosperidad e ingresos, no hay sombra que no disipe un televisor encendido, un refrigerador bien surtido y un automóvil oloroso a nuevo esperando en el porche.

La idea del apocalipsis solo es disfrutable por Netflix. Así que Trump tenía la fórmula ganadora: América fue grande cuando no se hablaba de cambio climático, cuando inventamos el automóvil y llenamos de coches el mundo, cuando nadie pensaba que la industria tenía que ser responsable y que el consumo tenía que ser reflexivo.

Qué bueno era ser grandes cuando solo estaban al frente las causas brillantes y no sus oscuras consecuencias: así que apartemos la vista del incómodo presente y hagamos a América grande de nuevo, seamos la América de los años 40, cuando se apagó la guerra y se encendió la televisión. Aquel discurso del hijo de ricos nacido un día después de la guerra no solo tuvo rating: tuvo electores, y Donald Trump vivió el nervioso asombro de que el electorado lo premiara por enseñarle a ser irresponsable, a seguir a toda velocidad pero con los ojos cerrados.

Esto no significa que los otros sí vean para dónde van. Los otros son el viejo establecimiento, que siempre hace menos de lo que debiera porque en el fondo también está comprometido con la inercia del modelo. La polarización sería más provechosa si abriera horizontes, si no fuera el choque entre dos maneras distintas de perpetuar los mismos males. Aquí ni siquiera cabe Bernie Sanders, porque quiere cambiar cosas. Por eso no está Alexandria Ocasio-Cortez en el equipo de Biden, tal vez es demasiado joven, es demasiado latina, viene demasiado de abajo.

Estos son los Estados Unidos del 2020: un país paralizado por la enormidad de los desafíos de la época que ellos contribuyeron como nadie a modelar. Ahora no quieren avanzar ni retroceder: lo de atrás es irrecuperable, lo de adelante es catastrófico, así que están, y con ellos el mundo, en un tenso equilibrio en el que nada los entusiasma, en el que apenas los mueve el rechazo por lo otro.

Solo hay algo a lo que temen más, y es cambiar de rumbo.

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