Por: Mauricio Botero Caicedo

Ni aprenden, ni olvidan

BORGES, LÚCIDO Y SAGAZ, AFIRMAba que los peronistas ni aprenden, ni olvidan.

El manejo que le está dando Cristina Kirchner (con el irascible Néstor en la sombra) al sector agropecuario argentino no deja el menor espacio para poner en tela de juicio la sentencia del literato austral.

 El aplicar impuestos progresivos (y de alguna manera confiscatorios, ya que en ciertos casos llegan al 95%) sobre las exportaciones de soya, de girasol y de carne demuestra, por parte de los Kirchners, un flagrante desconocimiento de los principios elementales de la economía.

En primer lugar, lo que las autoridades argentinas están haciendo, al manipular los precios, es romper el sistema de comunicación entre los consumidores y los productores. En las economías de mercado, los precios son la señal que le da el consumidor al productor de qué cantidad, a determinado nivel de precio, está dispuesto a consumir.

Cuando el Estado interfiere en dichos precios, por medio de controles, subsidios, aranceles o impuestos directos, quiebra el sistema de comunicación, dejando las decisiones de producción usualmente al libre arbitrio de los burócratas.

El segundo desacierto que las autoridades argentinas van a lograr es el deterioro —paulatino pero certero— de la agricultura y la ganadería. Es un desacierto, ya que ningún país se ha enriquecido poniéndole talanqueras al sector productivo con el fin de subsidiar a los consumidores urbanos.

En los mercados competitivos, y en especial los agrícolas y los pecuarios, la única cura para los altos precios, son los altos precios; y la única cura para los bajos precios, son los bajos precios. Dicho de otra forma, los altos precios agropecuarios estimulan a que haya más siembras de granos y oleaginosas, más vientres, y mayor inversión en tecnología para incrementar la producción y el número de cabezas, incremento que eventualmente conlleva a un equilibrio entre la oferta y la demanda, a menores precios. Los bajos precios a su vez inducen a la salida de los productores y sacrificio de vientres, lo que conlleva a oferta reducida y eventualmente precios más altos.

Andrés Espinosa, en una excelente columna (Portafolio, junio 4/08), sintetiza con claridad el problema: “El trasfondo de este embrollo es el choque entre una agricultura moderna y tecnificada, orientada a la exportación, que aplica los últimos desarrollos en biotecnología, y un capitalismo de Estado de corte nacionalista y popular, que pretende mover a los productores para que le den prioridad al mercado local sobre el internacional”.

Para que Argentina pueda retomar la senda del crecimiento y volver a colocarse como una de las naciones más prósperas del planeta, es necesario que defienda, promueva e incentive los sectores donde tiene ventajas competitivas y comparativas, como es el agropecuario. Argentina, a principios del Siglo XX, no sólo era el granero, sino uno de los cinco países más ricos del mundo.

Con el transcurso de los años, y los sucesivos gobiernos populistas, el país austral pasó a ser lo que los economistas denominaban “la única nación en vía al subdesarrollo”. La permanencia de los peronistas es el castigo de los dioses a quienes no han querido aprender las lecciones de la historia.

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En el campo empresarial colombiano han ocurrido en los últimos días dos interesantes movidas. Carvajal, con la designación de Ricardo Obregón (de lejos uno de los mejores ejecutivos que tiene el país) como su presidente ejecutivo, sigue demostrando que “hace las cosas bien”. El nombramiento de Catalina Crane en la presidencia de Procafecol no puede ser más acertado: inteligente, despierta y profundamente conocedora del sector, Catalina llevará lejos a la marca “Juan Valdez”.

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