Por: David Yanovich

Ni ciegos ni sordos

En su último libro, Talking to Strangers, Malcolm Gladwell cita un experimento que Jon Kleinberg, profesor de Cornell y experto en algoritmos computacionales, y un grupo de académicos y especialistas en el tema hicieron sobre las decisiones de los jueces en la ciudad de Nueva York a la hora de otorgar libertad bajo fianza a un acusado. Tomaron una base de datos de 550.000 casos entre 2008 y 2013, de los cuales un poco más de 400.000 fueron dejados libres bajo fianza por los jueces del circuito, y crearon un algoritmo para que, sin conocer a los acusados, hiciera el trabajo un computador.

Los resultados son más que sorprendentes. El algoritmo, construido con inteligencia artificial, sacó su propia lista de aquellos que deberían salir libres bajo fianza. Los individuos de esa lista, en promedio, tenían un 25% menos de probabilidad de cometer un delito mientras se encontraban libres y bajo fianza, comparados con los de la lista de los jueces. Adicionalmente, el algoritmo identificó al 1% de los acusados como de alto riesgo, aquellos individuos que nunca debían salir libres bajo fianza. Pero los jueces del circuito otorgaron libertad al 48,5 % de esos individuos.

Los resultados son preocupantes. El sistema de justicia está basado en el precepto de que entre más información de primera mano tenga un juez, entre más mire a los ojos a quien está siendo juzgado, más probabilidad tendrá de fallar en justicia. Pues resulta que la cosa, aparentemente, es al contrario. Entre más información y conocimiento, más posibilidades de llegar a un veredicto equivocado.

Este tipo de situaciones ocurren, simple y llanamente, porque somos humanos. Y como humanos tenemos sesgos, los cuales son alimentados constantemente por información que recibimos de los medios, de las conversaciones, de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que leemos.

Pero lo grave es cuando esos sesgos no se dejan en la puerta de un juzgado. Y en la indagatoria de la Corte Suprema contra el expresidente Álvaro Uribe parecería que hay mucho sesgo y prejuicio que se coló a la sala.

Mi preocupación no es si el expresidente Uribe es culpable o no, o si el senador Cepeda lo es o no. Radica en que llegar a una conclusión objetiva en este caso luce muy difícil para un juez, así sea ese juez un cuerpo colegiado. Es difícil creer que la cantidad de información que se ha ventilado sobre el caso, la cantidad de opiniones de parte y parte, los diferentes testimonios, entrevistas y declaraciones que los testigos estrella han ventilado en público, las grabaciones, las imágenes, las fotos, etc., no hayan tocado a los jueces de la Corte, posiblemente creando sesgos. Por eso, además del ingrediente nefasto de la polarización, que no deja oír razones ni opiniones divergentes, la objetividad del juicio, cualquiera que sea el veredicto final, probablemente estará, para alguna parte amplia de la población, en entredicho.

Se supone que la justicia es ciega y sorda. Pero los jueces son humanos. Para que lo de la ceguera y sordera de la justicia se cumpla, los jueces se tendrían que encerrar en cuatro paredes, sin hablar con nadie ni ver nada distinto a los casos que conocen y juzgan.

Esto, claro, es una utopía. Y siendo así la cosa, es importante, siempre, tener presente que la justicia es bastante imperfecta, dictada por humanos imperfectos y sesgados. Y, sobre todo, ni ciegos ni sordos.

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2019-10-22T00:00:46-05:00

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2019-10-22T00:15:01-05:00

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