Por: Luis Carlos Vélez

Ni de acá ni de allá

Ser migrante es algo que te define como ser humano, pero es una definición agridulce que está enmarcada entre la nostalgia y la comparación.

Salir de tu lugar de nacimiento, donde están tu familia y amigos, genera un dolor permanente que nunca desaparece por muy bien que estés laboral o personalmente. Migrar crea un peso infinito e indeleble que se adquiere en el mismo momento en que empacas para descubrir cómo amanece en un lugar diferente al que iluminó el primer día de la vida. También es multiplicar experiencias y lo más parecido a aprender un idioma que permite sumergirse en los libros para entender a sus autores en la lengua en que construyeron sus obras.
 
Sin embargo, migrar es una maldición. Y lo es porque construye un espejo retrovisor bidireccional indestructible. Me explico: cuando estás acá quieres estar allá y cuando estás allá quieres estar acá. Migrar es también la generación de una insatisfacción por no tener lo que está al otro lado. Es la materialización de aquella frase que dice que la ignorancia es una bendición. Millones de personas migran año a año y no necesariamente de un país a otro. También se migra dentro de las fronteras que contienen a las naciones y eso no significa que sea menos doloroso. Los kilómetros de distancia no determinan la intensidad de las punzadas en el corazón simplemente por que carece de odómetro. Para él, es lo mismo desplazarse de Medellín a Bogotá que de Ciudad de México a Los Ángeles o de Damasco a Barranquilla. Es simplemente igual. 
 
Mi madre es una migrante peruana y mi padre un migrante interno. He salido de Colombia y regresado varias veces. Mi otro país es EE.UU. Desde 1997 tengo una brújula en el alma que un día me dice que el norte está en un lado y no en el otro, pero que pocas veces coincide en el mismo destino dos noches seguidas. Una vez migrante, siempre migrante. Por eso sé que nunca seremos totalmente de acá o de allá. Siempre seremos de los dos y eso define, así duela, quiénes somos.

 

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