Por: Daniel García-Peña

Ni muy muy, ni tan tan

MUCHO ANTES DE LA POSESIÓN, YA se habían planteado dos visiones muy diferentes del papel de la oposición en este nuevo período.

Una fue expresada con nitidez por Gustavo Petro en carta a Juan Manuel Santos pocos días después de su elección, proponiéndole un diálogo nacional sobre tierra, agua y víctimas. Estar en la oposición no impide dialogar con el Gobierno ni insistir en los cambios vitales para el país.

Otra mirada muy distinta expresó Jorge Robledo. Aún sin conocer lo que Santos iba a decir o hacer como presidente, decretó la oposición por principio. Bajo la suposición de que Santos no era más que Uribe III, no había nada que hablar con el Gobierno. El único camino, la movilización popular en su contra.

Para sorpresa de muchos, la propuesta de Petro fue acogida de inmediato por el entonces presidente-electo, ya de por sí un mensaje claro de una nueva relación con la oposición. Aún más asombro causó su discurso de posesión, con apartes que parecen tomados del Ideario de Unidad del Polo. Para rematar, el nuevo Ministro de Interior y Justicia visitó la sede del Polo, les recordó que él también fue víctima de la persecución oficial y logró el acuerdo de conformar una mesa de trabajo sobre el estatuto de la oposición y las reformas política y electoral.

Afortunadamente, la contundencia de esta nueva realidad le ha venido dando la razón a la tesis de la “oposición dialogante”, aunque la línea dura persiste en la oposición a ultranza. “¡Abajo todo!”, como decía el inolvidable John Lenin, a propósito de otro aniversario del asesinato de Jaime Garzón.

El papel de la oposición en las democracias es fundamental. Sin duda, su tarea principal es ejercer el control político y prepararse para ser alternativa, es decir, oponerse. Pero además implica discernir las materias en las cuales el interés nacional prima.

En los pocos días que lleva, el presidente  ha suscitado gran esperanza. Santos representa el capitalismo urbano y moderno, que entiende la actual estructura de la tenencia de la tierra como un bien improductivo, y su desigual y violenta distribución, como un impedimento a la inserción en la economía global. Luego del parafeudalismo de Uribe, la revolución burguesa que ofrece Santos es un avance histórico.

Es posible que Santos nos deje colgados de la brocha. Es el heredero de Uribe y su equipo económico es del más rancio corte neoliberal. Pero hay que darle un chance. Y debe caber desde ya en la cabeza de la oposición la situación hipotética de apoyar al Gobierno en la restitución de tierras y oponérsele en salud, por ejemplo.

La oposición ciega es absurda. Más aún cuando se empiezan a sentir oposiciones de otra naturaleza. Aunque no se puede descartar a las Farc, todo indica que el carro bomba fue de la extrema derecha, los “enemigos agazapados” de siempre. También se escuchan los primeros quejidos del furibismo por la toma del gobierno Santos por los cagüaneros.

Como van las cosas, la oposición quedará en manos de Robledo y Uribe.

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