Por: Oscar Guardiola-Rivera

Ni nuevo, ni liberal

En abril de 1948, el Consejo Científico de la administración alemana estableció el siguiente principio: “La dirección de la economía debe estar asegurada tan ampliamente como ello sea posible por los precios del mercado”.

David Cameron acaba de usar el mismo argumento para justificar su impotencia frente al alza impuesta por los conglomerados energéticos a los sufridos consumidores británicos.

En 1948 el administrador económico de la Zona Anglo-Americana, Ludwig Erhard, explicaba: “Hay que liberar la economía de los controles estatales”, y “solo cuando un estado no interviene en el movimiento y la libertad moral de sus ciudadanos, puede representarlos legítimamente”. Ni el principio es nuevo ni es liberal.

La idea de libertad como no intervención proviene en parte de Thomas Hobbes. La publicó en 1651 contra la noción republicana de libertad defendida por Harrington, Milton y Winstanley. Hobbes despreciaba a estos “caballeros demócratas” y su “diseño de gobierno no monárquico sino popular, que ellos llaman libertad”. Pero a tal diseño identificamos hoy como demócrata-liberal. No es coincidencia que Hobbes inspirase al jurista del Tercer Reich Carl Schmitt.

De otra parte, el argumento de 1948 tiene su origen en el clérigo-fascismo cristiano. El argumento afirma que si el estado limita el movimiento de individuos y sus asociaciones profesionales en la economía, viola su libertad y pierde el derecho a representarlos. Es una variación del “deber de resistencia” de origen tomista.

Por el contrario, si el estado garantiza el ejercicio de la libertad económica de las guildas y sus miembros, tal ejercicio implica su consentimiento. En adelante, la economía crea el derecho y la ciudadanía, no al revés.

En el contexto alemán de posguerra ello permitía afirmar que los nazis no representaron al país y reafirmar la soberanía exclusivamente como manejo económico y garantía de los intereses de los dueños. En España y Chile justificó la violencia antidemocrática y el “modelo” hoy en crisis en ambos países.

Desde los tardíos 40, intelectuales españoles cercanos al régimen franquista entraron en contacto con las ideas del Consejo Alemán. Elaboraban su propia versión de pensamiento de crisis con base en la teología económica salmantina del siglo XVI, algunas ideas de Santo Tomás y el ultracatolicismo. Tales ideas influyeron en estudiantes católicos chilenos como De Castro y Jaime Guzmán. En los 60 y 70 ellos elaboraron la justificación de la violencia contra cristianos progresistas y socialistas, y diseñaron el modelo puesto en práctica al amparo de la dictadura. En esos años entraron en contacto con la Escuela de Chicago. El resto es parte de la historia universal de la infamia.

 

 

Óscar Guardiola Rivera*

 

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