Por: Columna del lector

Ni ruina será

Por Edwin José Corena Puentes

La noticia es que el muelle de Puerto Colombia está siendo demolido. Pasaron varias generaciones de políticos, hubo cambio de milenio y no se llegaba a una solución. Hace varias décadas era una sola: restaurarlo. Después el mar se enojó con la desidia y la indecisión de los políticos y con los ciudadanos que no reclamaron más. Entonces el mar empezó a tragarse el muelle desde hace algunos años. Lo hizo con coletazos de furia y se engulló varias toneladas de rocas y hierros.

Al muelle le sobrevivían 200 metros, de aquellos 1,2 kilómetros con los que fue inaugurado en 1893. Los expertos ingenieros dijeron que el deterioro de sus estructuras era irreversible. La solución era una: demoler. Y es lo que en estos días se hace. Hay asombro y rabia de algunos. Los nostálgicos empiezan a llevarse algunas piedras a sus casas, ante el anuncio de que los restos del muelle se irán a una escombrera cercana. Pero también está la alegría de los impulsores de la medida y de varios grupos de ciudadanos que elevan el pragmatismo y la sed de novedad por encima del cualquier vínculo de sus experiencias individuales y colectivas con el pasado. Una suerte de presentismo, como dice el historiador François Hartog.

Pero quizá la noticia no es que el muelle está siendo demolido, sino que hemos perdido capacidad de producir sentido como ciudad y como departamento y como país. Para los habitantes de Puerto Colombia, el muelle era un actor de su territorio. Su población creció alrededor de la estructura y su relato colectivo se organizó a partir de un vínculo emocional y bicultural entre el muelle y el mar. De otro lado pierde Barranquilla, la ciudad que más se benefició del comercio, de las ideas y de las personas que por allí circularon. La ciudad hoy se moviliza alrededor del monumento al equipo de fútbol Junior, que será financiado por un poderoso empresario local; y no a defender la propuesta de un monumento colectivo o un museo que diera cuenta de la experiencia de la inmigración alemana, italiana, china, árabe, entre otras. Con cada una de estas colonias se tejieron economías y se cruzaron sensibilidades artísticas, culinarias y sociales.

Asimismo, pierde el país, que nunca se ha reconocido en su relación histórica con dos océanos. Nuestro relato de nación puede redefinirse también desde el mar y “el otro”. En el pasado, la inmigración que ingresó por este muelle ensanchó la experiencia de la modernidad. En el presente, la experiencia histórica inmigrante debería salvaguardarse a través de materialidades culturales como las ruinas de un muelle o la construcción de un museo. Esto ayudaría a repensarnos ante los retos de un mundo que va a tener cada vez más refugiados climáticos y políticos y cuyo discursos y prácticas de xenofobia se fortalecen por estos días.

Por eso las ruinas del muelle de Puerto Colombia eran más potentes en términos materiales y simbólicos: podían recordarnos una y otra vez el pacto de apertura social y cultural que hicimos hace poco más de un siglo con los extranjeros que por allí arribaron. Pero no preferimos esa opción. Habrá en cambio una réplica de 200 metros, que seguro será un lugar cool y sin historicidad. Habrá turistas y habrá fotos. Pero no habrá pasado encarnado y por eso no habrá sentido. En fin: el muelle ni ruina será.

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2019-08-05T00:00:51-05:00

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