Por: Hernán Peláez Restrepo

Ni tan chico

Eduardo Pimentel tiene en su hoja de vida, como hombre del fútbol, títulos en Millonarios y América, siendo jugador y ahora como presidente del Boyacá Chicó. Sin ignorar sus afanes de técnico, cuando el equipo transitaba para la Primera B y ante todo el ‘ojo’ como conocedor del asunto para ubicar refuerzos y jugadores.

A diferencia de casi todos los dirigentes, inclinados porque no saben del asunto, no se apoya en empresarios ni en tantos avivatos que transitan por ahí. Va directamente y busca sus jugadores, camina por la geografía y encuentra lo que requiere y de paso, sanea y robustece las finanzas de su equipo –eso espero– transfiriendo cada seis meses un jugador como Wason Rentería, Luis Yánez o posiblemente Marcos Pérez o Miguel Caneo. En síntesis, Pimentel conoce el abecedario del fútbol, en buenas, malas y peores. Sin ser una pera en dulce, merece un reconocimiento por su gestión.

El caso de Caneo es parecido al de Sergio Goycochea, a quien Millos trajo desahuciado de Argentina, donde los señalaban víctimas de grave enfermedad. Vino, jugó, se reencauchó, fue a Paraguay, Brasil y a la misma selección. Caneo está por comenzar ese recorrido.

América no tuvo disposición para ganar. El vértigo, la velocidad de la campaña, contrastó con las características de las finales. Sin pausa, sin zona clara de creación, el equipo no pudo contar ni con Valencia ni con Cortés. Arango, quien sí jugó, tampoco alcanzó a variar el plan de juego y casi melancólicamente los rojos perdieron ante un Chicó reposado. Ganó con plena justicia.

Un lector no estuvo de acuerdo con mi columna de la edición del domingo, en la que explicaba cuál debía ser el papel de El Bolillo Gómez, en Santa Fe. Y le reitero, los cardenales no están para procesos, están urgidos de ganar algo. Si a El Pecoso le cobraron con el puesto su rendimiento, a Gómez la ecuación sera la misma: gana o se va.

 

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