Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Ni un centímetro

No nos queda otra alternativa que la de apoyar a Santos en su determinación de no volver a comparecer a la Corte Internacional de la Haya, después de que esta profirió la decisión injuriosa de admitir las dos demandas de Nicaragua contra Colombia, no importa que no se esté completamente de acuerdo con todo lo que ha sucedido.

Hay momentos en los que hay que deponer las diferencias y suspender las disputas internas, y este es uno de ellos.

En efecto, no tiene ningún sentido que Colombia siga sentada en un tribunal internacional que no está dispuesto en ninguna circunstancia a concederle la razón. Es una aventura quedarse en esa Corte esperando a que en unos años se declare que Nicaragua prácticamente se convierta en vecina de Cartagena, y además que se nos obligue a cumplir otro fallo adverso.

El salvamento de voto de la mitad de los magistrados de esa Corte en uno de los dos casos fallados, es dialécticamente reparador. Esa disidencia al interior de esa encopetada corporación frente a la determinación que sacudió de nuevo al país, demuestra que los planteamientos de nuestro equipo jurídico no son atropellados. Tal parece que Nicaragua, ese pequeño país que en cierta forma aquí menospreciábamos, ha hecho un trabajo laborioso durante muchos años, tan sofisticado que implicó mantener en La Haya durante una veintena de años al mismo representante, quien andando el tiempo se volvió de la casa y contertulio asiduo de esos magistrados que parece odian a Colombia y no están dispuestos a admitir sus razones. En cambio, nuestro país ferió más de una vez la embajada en La Haya, mientras silenciosamente el hombre de Nicaragua hacía de las suyas.

Ahora habrá que promover la negociación con Nicaragua, gobernada por un aprendiz de sátrapa que llegará a cualquier mesa de negociación envanecido y dispuesto a humillarnos. Basta ojear las páginas de los principales diarios de esa nación centroamericana, para advertir que allá están celebrando a rabiar una decisión que no solo nos enfureció a los colombianos, sino que tampoco convence a los demás países. Es una lástima que la decisión de empezar a negociar con Nicaragua no se haya tomado a tiempo, como se aconsejó desde diferentes sectores. Imposible olvidar hoy al expresidente López Michelsen, quien desde siempre anunció que la frontera del meridiano 82 era irreal y que era urgente negociar con Nicaragua. Si le hubieran prestado atención, otra sería la historia. Mientras tanto, Santos tiene razón, no puede permitirse que se fracture nuestro territorio ni que se ultraje la soberanía nacional, pase lo que pase.

Ojalá que nuestra dirigencia política esta vez entienda que estamos en una hora muy difícil en la que deben controlar sus impulsos mediáticos y dejar de soltar sandeces. Por ejemplo, son deplorables las declaraciones de personas como Roy Barreras, quien salió a decir apenas conoció la decisión, que aquí no ha pasado nada, porque solamente la Corte dijo que era competente. Eso sí, unas horas después, apareció rodeando al presidente Santos en su alocución presidencial, en compañía de uno que otro lagartico de los que se colaron a última hora en la Casa de Nariño. Otro tanto puede decirse del anuncio del senador Uribe Vélez condenando a las generaciones del próximo siglo a padecer esta penosa herencia del conflicto con Nicaragua que nuestra generación les dejará.

Claro que hay que apoyar al Gobierno, pero eso no significa renunciar al derecho que tenemos los colombianos de que se divulguen todos las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, y de exigir que se despeje “la inquietud legítima que hay sobre el misterioso ‘efecto medio’ y el papel que en ello habría jugado el excanciller Julio Londoño Paredes” que puse de presente en esta misma columna en abril de 2013 (http://bit.ly/1Ubar1P) y en la cual me ratifico.

Adenda: aterradora la revelación de Juan Ricardo Ortega, con la que sugirió que el perseguidor general de la Nación, Alejandro Ordóñez, ha perseguido a dos funcionarias honestas de la primera entidad por atreverse a investigar al poderoso alias “Chatarrero”. ¿Procuraduría de bolsillo?

 

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