Ni vencido ni convencido: aniquilado

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En España no queremos ver al adversario ni vencido ni convencido. Lo queremos ver aniquilado. Una frase que se repite un par de veces en Una historia de España, de Arturo Pérez-Reverte, que, sin tranquilizar, da buenas pistas para comprender algunos comportamientos crónicos latinoamericanos y, por supuesto, tan colombianos.

La mezcla o, mejor, la trinca entre iglesia católica, nobleza en defensa de sus fueros y monarquía marcó la historia española por siglos. De ser el imperio en el que realmente no se ponía el sol en el siglo XVI con Carlos V y Felipe II, el más poderoso del planeta, para culminar en el más atrasado de Europa occidental a fines del XIX, reducido al área actual y un par de posesiones minúsculas en el norte de África, desperdició oportunidades, precisamente, por el síndrome de aniquilación del adversario.

Expulsión de los judíos (se requería billete en la corte de Isabel y Fernando), de los moriscos, la represión en los Países Bajos por su acogimiento al protestantismo, agresores con camándula en mano, solo son algunos de los hitos del aniquilamiento del adversario, verdaderos disparos en el propio pie al desplazar poblaciones de mayor productividad que las huestes de curas, monjas y nobles ociosos.

Dando un salto grande en el tiempo, el propósito del exterminio del rival no solo ha sido católico, apostólico y romano. Cualquiera que hubiera iniciado la guerra civil del 36, la violencia y la idea de la desaparición del contrario estuvieron presentes tanto en la derecha (carlistas, falangistas) como en la izquierda (anarquistas, principalmente). Ganó el rezandero Franco y fusiló, durante y después de la guerra, a todo lo que le supiera a rojo. Igual hubiera procedido una coalición de izquierda, particularmente por el peso de los anarquistas. Como en Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway, el apetito por las violaciones y asesinatos de monjas y masacres de frailes fue siempre voraz durante la guerra de parte del sectores del bando republicano.

Claro que ha habido gran inteligencia en ocasiones: dada la fórmula de Franco de reiniciar la monarquía con Juan Carlos de Borbón, el libreto del caudillo no salió bien gracias a un héroe, el hombre de la transición, Adolfo Suárez. La tercera república, la más duradera, ha dado prosperidad a España que, de ser exportadora de mano de obra barata en los 60 a Alemania, pertenece, aunque en liga menor, al club del dedo parado de naciones desarrolladas. Un ejemplo de cómo, a pesar del intento de Tejero, se aprovechó la oportunidad para ponerse al día en democracia y productividad.

Colombia da ejemplos a diario de cómo aniquilar, física y moralmente. A propósito de las fosas de Dabeiba, un ilustre conservador paisa explica lo ocurrido: quienes hacen la denuncia son enemigos de Colombia, el mamertismo. Los muertos son terroristas que habían atacado a policías indefensos.

A la inversa, los que consideran que quienes votaron el No y son uribistas equivalen a paramilitares incurren en él. En uno y otro caso, disparos en el propio pie a la convivencia y la paz.

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