Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Ni vencidos ni vendidos

Les pido a los héroes de siempre, a los más resilientes, a los que tienen cuerpo y alma a prueba de derrotas, que nunca nos dejen darnos por vencidos. Ni vencidos ni vendidos, que es también otra forma de perder. Me queda claro, en este año lleno de cosas horribles, que mientras la infamia insista en ganar la partida, no podremos quedarnos quietos.

Las gigantescas protestas contra injusticias de vieja data y contra un gobierno actual bastante inepto deberían interpretarse como el vivo mandato del país joven, viejo y trabajador; pobre, amenazado y artista; emprendedor, campesino, exhausto y pensante; el país vulnerado y vulnerable, que se desesperó de vivir y morir en el filo de la navaja.

Pero mientras la narración la sigan haciendo quienes creen que todo va bien porque a ellos les va bien, pues todo seguirá mal. De poco sirve que las finanzas le sonrían al país, si el patrimonio ético del statu quo va a la deriva, si el balance emocional de las comunidades desprotegidas queda en números rojos y el índice Gini nos persigue como un monstruo gestado en los círculos viciosos de la insolidaridad.

La falta de empatía es una de las peores enfermedades que pueda sufrir la humanidad y uno (persona o sociedad) se puede agotar y morir de eso. ¡Cuánto Ubuntu nos falta en nuestras vidas, para comprender que mientras otros estén mal nadie estará bien!

Todo forma parte de la misma historia; de esa que nos enrolla como si fuéramos madejas de costumbre, convierte los asesinatos en telones imperceptibles y las amenazas en rutina. Esa historia cobarde, en la que resulta más fácil decir que a los ambientalistas, los líderes sociales, los excombatientes y los indígenas los mata la delincuencia común, porque a dos matones se les antojó salir a disparar y, ¡oh coincidencia!, las víctimas eran personas que lideraban procesos de defensa del territorio, derechos humanos, paz y conservación de la naturaleza.

Hoy se acaba un año que bien daría para que Ricardo Silva escribiera el segundo tomo de “La historia de la locura en Colombia”, y García Márquez nos mandara desde el más allá cientos de nuevos capítulos para “Crónica de una muerte anunciada”. ¡Qué tristeza! Hemos perdido tanto, que hasta perdimos la cuenta de los asesinatos que podrían haberse evitado. Y un país que pierde la cuenta de sus muertos es un país que necesita rehumanización.

Tuvimos este año unos ministros especialmente peligrosos, las más duras embestidas al Acuerdo de Paz y un Gobierno en su mayoría indolente, errático y, en algunos casos, perverso. Tuvimos muertos jóvenes, muertos niños, muertos que nunca debieron ser.

Y tuvimos una primavera social que empezó con la marcha por la paz —el 26 de julio— y, a medida que aparecieron otras instancias, otras causas y otros temas (quizá demasiados), la dimensión de la expresión popular significa que dejamos de ser el sapo hervido. Ahora habrá que recapitular el clamor y concretarlo en puntos acordes con una justicia social para el siglo XXI, en un país que debe aprender a sintonizarse con su gente y con el mundo.

Construyamos un 2020 dispuesto a la solidaridad y a la autocrítica. Un 2020 que no renuncie a saber la verdad, proteja la vida y honre las voces humildes y valientes de los que ya no pueden hablar.

Sé que no es el clásico ¡feliz año!; es mi forma de desearles, queridos lectores, un país que recorra sin miedo el camino a la paz y llegue así a la felicidad.

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2019-12-31T00:00:43-05:00

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