Por: Klaus Ziegler

Niebla de guerra

"Si hubiésemos perdido la guerra nos hubieran juzgado como criminales. Y es cierto, nos comportamos como criminales".

Semejante declaración, de boca del mayor artífice de la intervención norteamericana en Indochina, parece irreal. Dudo que Bush, Cheney o Rumsfeld tengan algún día el valor de hacer una confesión similar.

En un documental extraordinario, “The Fog of War” (Niebla de guerra), Erroll Morris recoge el terrible testimonio de un hombre en el ocaso de su vida. El documento fílmico resulta invaluable para comprender uno de los aspectos más paradójicos de la guerra: cómo hombres inteligentes y reflexivos, ciudadanos ejemplares, como Robert McNamara, pueden llegar a convertirse en promotores de los crímenes más atroces. Y no estamos hablando de un sicópata, sino de un puritano, de un hombre sensato, de un patriota convencido de la sagrada misión de redimir al mundo de la amenaza del comunismo.

A cada pregunta de Morris, McNamara responde con palabras propias de un estratega militar. Reconoce sin remordimientos su papel en el macabro plan para incinerar a Japón con aviones B-29: “Para hacer el bien a veces tienes que involucrarte con el mal”, afirma impasible. Su narración de lo ocurrido el 10 de marzo de 1942, el día en que el general Curtis LeMay dio la orden de arrojar sobre Tokio 1700 toneladas de bombas incendiaras, es fría, cerebral. No hay lágrimas en sus ojos al recordar esa noche nefanda en la que más de 100 000 seres humanos fueron quemados vivos, en uno de los actos de terrorismo más atroces que registre la historia. En su mente táctica solo importa que las bombas incendiarias hayan resultado más efectivas que las mismas armas atómicas, pues la población en su mayoría vivía en casas de madera. Cuando Morris le pregunta por las consecuencias de sus actos, responde: “El problema era, y sigue siendo, delimitar las reglas de aquello que podemos y no podemos hacer en la guerra”. Y le sobra razón: LeMay jamás fue llevado a juicio por el genocidio. Por el contrario, se le honró como héroe nacional y recibió multitud de condecoraciones: la Legión de Honor Francesa, la Estrella de Plata y, como homenaje supremo a la ironía, la Medalla por Acciones Humanitarias.

McNamara y sus superiores vivieron la guerra de Vietnam desde sus oficinas confortables en Washington, donde grupos de estrategas se congregaban frente al tablero de operaciones para planear el “bombardeo saturado” de las aldeas norvietnamitas. Sobra decir que los cuarteles son harto diferentes de los escenarios inefables donde ocurre la carnicería. Lejos de ese mismo teatro de horror, los pilotos a cargo de las operaciones militares apenas podían oír las explosiones o ver el fuego y las ondas expansivas de las bombas asesinas.

La guerra moderna, ahora con drones y bombas teledirigidas, es, literalmente, un videojuego, un ejercicio distante del verdadero horror. Un enemigo sin rostro no despierta los mecanismos naturales de empatía que permiten “sentir” el sufrimiento ajeno, señaló alguna vez Konrad Lorenz. De ahí que sea más fácil arrojar una bomba sobre un enemigo amorfo que asesinar a un hombre con nuestras propias manos. Recordemos que los planes para exterminar a la población judía durante la Segunda Guerra Mundial fueron trazados por individuos que, como Himmler, jamás habían presenciado una ejecución en vivo. Cuenta Karl Wolff, su auxiliar, que en el transcurso de un viaje a Minsk, el Reichsführer quiso ser testigo directo de las operaciones de exterminio en Bielorrusia. Se convino entonces que asistiera al fusilamiento de un centenar de civiles a manos de un comando del Einsatzgruppe B. A medida que las ametralladoras vaciaban sus cintas, los cadáveres se iban acomodando en capas sucesivas dentro de una gran zanja triangular, conforme al procedimiento conocido como “la lata de sardinas”.

Sucedió, sin embargo, que mientras Himmler contemplaba la operación, fragmentos sanguinolentos y tibios de masa cerebral alcanzaron a salpicarle la cara. Narra Wolff: “Pálido y tembloroso, el Reichsführer apenas sí podía sostenerse sobre sus piernas. Al darse vuelta, vi que comenzaba a tambalearse, y tuve que saltar sobre él para sujetarlo y mantenerlo en pie a la vez que lo alejaba de la zanja”.

El término “niebla de guerra” se debe al oficial prusiano Carl von Clausewitz, y es una expresión para referirse a la confusión reinante durante las batallas, frecuente en los conflictos bélicos de mediados del siglo XIX. Pero la metáfora bien podría acomodarse para describir ese retrato nebuloso e idealizado de la guerra, alejado del horror y del sufrimiento real. Los medios de hoy nos presentan una guerra aséptica, sin niños desnudos huyendo del fuego abrasador del napalm, ni cuerpos mutilados, ni cadáveres destrozados. Los cheneys y los rumsfelds bien saben que una foto desafortunada, como la de aquel prisionero de Abu Ghraib con la cara cubierta de excrementos, puede causar más daño que mil bombas enemigas. El cubrimiento de sus guerras criminales es tan amañado e irreal como esas idealizaciones ridículas de Hollywood en las que el mundo se divide entre héroes americanos y villanos foráneos.

Entre las infinitas historias anónimas de la brutal guerra en el frente ruso, conozco la de un soldado alemán, que en su oficio de centinela debía pasar sus noches en lo alto de una torre de vigilancia. Una noche serena, el joven soldado subió como de costumbre la escalera. En lo alto, su comandante, al verlo con la cabeza desnuda, le ordenó ponerse el casco de inmediato. No acababa de acomodárselo, cuando sintió un golpe seco y sordo como si un martillo lo hubiese golpeado en la cabeza. Al revisar la semiesfera de acero descubrió una honda abolladura en uno de los costados: el disparo había llegado de soslayo, y había rebotado sobre el duro metal, sin perforarlo. Enterrada en la madera de la estructura halló luego una bala de fusil.

Concluida la guerra, el soldado rehízo su vida en un país extranjero, consiguió dinero, se casó y formó una familia. Una mañana cualquiera se levantó temprano como de costumbre, desayunó y luego se encerró en el baño. Su esposa, al notar que pasaban los minutos y no contestaba su llamado decidió forzar la puerta. Al entrar lo encontró tendido en un charco de sangre: se había cortado el cuello con una barbera. Además del pedazo de plomo retorcido que conservó hasta el día de su muerte, nadie supo jamás qué otros horrores guardaba en esa cabeza que no pudo destrozar una bala rusa, pero sí los recuerdos de una guerra atroz.

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